—Lo creo. Tiene un tupé la niña... Algo se la ha pegado á la pequeña. Ya se ve. Con aquella tiesa mamá que parece figura arrancada á una tabla de la Edad Media...

—Con aquel soplado papá, que es el sincretismo de todas las pretensiones más enfáticas...

—¿Pero no le llama la atención el lujo de esa gente?

—Á mí, en materia de estupidez humana, no me llama ya nada la atención.

—Es un lujo imposible, misterioso. ¿Qué hay detrás de todo eso? Los cincuenta mil reales del señor de Pez, y pare usted de contar.

—Madrid es un valle de problemas.

—Yo creo que las pretensiones de las niñas dejan muy atrás á las de los papás. La ley de herencia se ha cumplido con exceso. Y no sé yo quién va á cargar con esos apuntes. El desgraciado que se case con cualquiera de ellas, ya puede hacer la cuenta que se casa con las modistas, con los tapiceros, con los empresarios de teatros, con Binder el de los coches, con Worth el de los trajes y con todos los arruinadores de la humanidad. Acostumbradas esas niñas al lujo, ¿dónde encontrarán capital bastante fuerte para sostenerlo? Maestro, esto está perdido, aquí va á venir un desquiciamiento. Hablan de la juventud masculina y de su corrupción, de su alejamiento de la familia, de la tendencia antidoméstica que determinan en nosotros el estudio, los cafés, los casinos... Pues, ¿y qué me dice usted de las niñas? La frivolidad, el lujo y cierta precocidad de mal gusto imposibilitan á la doncella de estos países latinos para la constitución de las familias futuras. ¿Qué vendrá aquí? ¿La destrucción de la familia, la organización de la sociedad sobre la base de un individualismo atomístico, el desenfreno de la variedad, sin unidad ni armonía, la patria potestad en la mujer...?

—Lo femenino eterno—dije yo gravemente,—tiene leyes que no puede dejar de cumplir. No seas pesimista, ni generalices fundándote en hechos, que por múltiples que sean, no dejan de ser aislados.

—¡Aislados!

—Conoces poco el mundo. Eres un niño. Antes consistía la inocencia en el desconocimiento del mal; ahora, en plena edad de paradojas, suele ir unido el estado de inocencia al conocimiento de todos los males y á la ignorancia del bien, del bien que luce poco y se esconde, como todo lo que está en minoría. Créeme, créeme, te hablo con el corazón.