Y tomando entre mis dedos (¡cómo me acuerdo de esto!) el ojal de la solapa de su frac, proseguí hablándole de este modo:

—Hay mucho tesoro, mucho bien, mucha ventura que tú no ves, porque te tapa los ojos la inocencia, porque te ciega el vivo resplandor del mal. Hay séres excepcionales, criaturas privilegiadas, dotadas de cuanto la Naturaleza puede crear de más perfecto, de cuanto la educación puede ofrecer de más refinado y exquisito. Flaquearía por su base el santo, el sólido principio de armonía, si así no fuera, y sin armonía, adios variedad, adios unidad suprema...

—No digo que no...

Y distraido, pero atento á mis palabras, se metió la mano en el bolsillo del faldón y sacó una petaquilla.

—¡Ah! ya no me acordaba que usted no fuma... Yo tengo unas ganas rabiosas de fumar. Con su permiso, maestro, me voy por ahí adentro á echar un pitillo. ¿Viene usted?

No le seguí porque solicitaba mi curiosidad un grupo entusiasta que se había formado en torno de mi hermano. Parecíame oir felicitaciones, y el Sr. de Pez tenía un aire de protección tal que no sé cómo todo el género humano no se arrojaba contrito y agradecido á sus plantas.

El motivo de tantos plácemes y de bullanga tan estrepitosa era que se había recibido un telegrama de Cuba manifestando estar asegurada la elección de José María.


XVIII

«Verdaderamente, señores...»