—Yo—dijo ella, bajando más la voz,—no me meto en nada. Allá se entiendan; allá se las hayan. No me muevo de este sillón, porque no tengo salud para nada. Aquí me acompaña Ruperto. Esta noche, mientras allá reían y alborotaban, Irene y yo hemos rezado el rosario y hemos hablado de cosas pasadas... ¿Pero dónde se ha ido ese angel de Dios?

Miraba á todos los lados de la pieza.

—¿Pero no se ha recogido aún?—pregunté.—Esto es contrario á sus costumbres.

—Calle, niño; si debe de andar por ahí. Algunos ratos se va al corredor á ver un poquitico de la sala.

Ya iba yo á buscarla, cuando entró ella. Su fisonomía revelaba gozo y estaba menos pálida. Parecía agitada, con mucho brillo en los ojos y algo de ardor en las mejillas como si volviese de una larga carrera.

—Irene, ¿qué tal? ¿Ha visto usted...?

—Un poquito... desde el pasillo... ¡Qué lujo, qué trajes! Es cosa que deslumbra...

—Yo creí que á estas horas... es la una... estaba usted recogida.

—Me he quedado aquí para acompañar un poco á doña Jesusa... Luego, es preciso ver algo, amigo Manso, ver algo de estas cosas que no conocemos.

—¡Oh! es justo—dije pensando en lo mucho que luciría Irene si penetrara en los círculos de la sociedad elegante, y en el valor que sus grandes atractivos tomarían realzados por el lujo.—Pero es cuestión de caracter; ni á usted ni á mí nos agrada esto. Por fortuna, estamos conformados de manera que no echamos de menos estos ruidosos y brillantes placeres, y preferimos los goces tranquilos de la vida doméstica, el modesto pan de cada día con su natural mistura de pena y felicidad, siempre dentro del inalterable círculo del orden.