—¡Jesús de mi alma! ¡qué talento tiene este hombre, y qué bien dice las cosas!—exclamó doña Jesusa.

Irene se reía del entusiasmo de la niña Chucha, y con enérgicos movimientos de cabeza daba su aprobación á aquellos elogios.

—Máximo—dijo de súbito la señora,—¿por qué no se casa usted? ¿Á cuándo espera, niño?

—Todavía hay tiempo, señora. Ya veremos...

—En veremos se le pasa á usted la vida.

Mirando á Irene, que atenta me miraba, le dije, por decirle algo: «¿Y las niñas?»

—Han estado muy desveladas. Ya se ve... con la bulla... También han querido ver algo. Después han estado jugando, de broma y fiesta, pasándose de una cama á otra y arrojándose las almohadas... Pero se han dormido.

—¿Y usted no tiene sueno?

—Ni chispa.

—Pero es muy tarde.