—Si parece que se la quiere usted comer con los ojos...
—No seas necio.
—Y ella no lo lleva á mal, maestro. También le echa á usted los ojazos. Esto que allá por otras regiones se llama flirtation, se llama aquí tomar varas.
—¿Has acabado ya de beber tu aguardiente, vicioso?—le dije, con vivo deseo de salir de allí.
—¿Y usted no toma?
—¿Yo? Quita allá este asco, este veneno...
—¿Sabe usted, maestro, que estoy esta noche así como excitado de nervios, enardecido de sangre, y parece que una electricidad se me pasea por todo el cuerpo?... Siento apetito de acción, de violencia; no sé lo que pasa en mí...
—Yo le miraba atentamente y reflexionaba sobre aquel estado de mi discípulo, que era cosa nueva en él, y desagradable para mí, que tanto le quería.
—Porque, sí señor—siguió;—hay ocasiones en que nos es necesario hacer cualquier barbaridad, como compensación de las tonterías y sosadas que informan nuestra vida habitual; algo violento, algo dramático. Suprima usted de la vida el elemento dramático, y adios juventud. ¿No le parece á usted que nos divertiríamos si ahora armase yo camorra con esta gente?
—¡Con estos...! Por Dios, Manuel, á tí te pasa algo. Tú estás loco, ó has bebido...