—Después de todo, ¿qué pasaría? Nada. Esta es gente cobarde. Iríamos todos á la prevención, y mañana, mejor dicho, hoy, faltaría usted á clase, y quizás tendrían que ir el rector y el decano á sacarle de las uñas de la policía.
—Si tuviera aquí palmeta y disciplinas, te trataría como trata un maestro de escuela al más pillo de sus alumnos. No mereces otra cosa. Desde que no estás bajo mi dirección, has variado tanto, que á veces me cuesta trabajo conocerte. Piensas y hablas tan bajamente, que me aflijo considerando la esterilidad de lo que te enseñé.
—¡Oh! no—exclamó Peña con vehemencia, dándose una puñada sobre el corazón y un palmetazo en la frente.—Algo queda. Mucho hay aquí y aquí, maestro, que permanecerá por tiempo infinito. Esta luz no se extinguirá jamás, y mientras haya espacio, mientras haya tiempo...
Los cuatro flamencos se levantaron para marcharse. Viendo el entusiasmo de Manuel, ellos se miraron asombrados, ellas sofocaban la risa. Se me parecieron á las dos célebres mozas que estaban á la puerta de la venta cuando llegó don Quijote y dijo aquellas retumbantes expresiones, que tanto disonaban del lugar y la ocasión. Yo ví el cielo abierto cuando se fueron los del cante, porque así no tenía Manuel con quién armar la trapisonda que deseaba.
La buñolería estaba pintada de rojo, á estilo de las tabernas de Madrid. Las paredes sucias, forradas de un papel con casetones repetidos, llenos de pastorcitas, ofrecían una superficie rameada y pringosa. Un mostrador chapeado de latón, varias sillas desvencijadas, un reloj y un calendario americano, que no sé para qué servía, formaban el mueblaje, y el vaho de aceite frito espesaba la atmósfera.
—Vámonos, Manuel; esto es un escándalo.
—Un ratito más...
—Yo me caigo de sueño.
—Pues yo estoy tan desvelado, que se me figura no he de dormir más en mi vida.
—Á tí te pasa algo.