—Lo que dije á usted; que me anda, no sé si por el cuerpo ó por el alma, el prurito dramático, dándome cosquillas y picazones. Yo quiero hacer algo, magister, yo necesito acción. Esta vida de tiesura social y de pasividad sosa me cansa, me aburre. Estoy en la edad dramática (voy á ser pedante), en el momento histórico que no vacilo en llamar florentino, porque su determinación es arte, pasiones, violencia. Los Médicis se me han metido en el cuerpo y se han posesionado de él, como los diablillos que atormentan al endemoniado.

No pude menos de reir.

—Vamos á ver, ¿qué lees ahora, en qué te ocupas?

—Leo á Maquiavelo. Su Historia de Florencia, su Mandrágora, sus Comentarios á Tito Livio y su Tratado del Príncipe son los libros más asombrosos que han salido de manos del hombre.

—Mala, perversa lectura si no va precedida de la preparación conveniente.—Es mi tema, querido Manuel; si no haces caso de mí, tu inteligencia se llenará de vicios. Dedícate al estudio de los principios generales...

—¡Oh, maestro, por favor, no siga usted! La filosofía me apesta. La metafísica no entra en mí. Es un juego de palabras. ¡La ontología! Por Dios, aparte usted de mí ese caliz emético. Cuando tomo una pócima de sustancia, sér y causa, estoy malo tres días. Me gustan los hechos, la vida, las particularidades. No me hable usted de teorías, hábleme de sucesos, no me hable usted de sistema, hábleme de hombres. Maquiavelo me presenta el panorama rico y verdadero de la naturaleza humana, y por él doy á todos los filosofistas habidos y por haber.

—Estamos haciendo el tonto, Peña; estamos discutiendo en una buñolería el tema radical y eterno. No profanemos la inteligencia, y vámonos á dormir... En otra ocasión discutiremos. Tú has variado mucho y has crecido lozano y vigoroso, pero algo torcido. Yo necesito enderezarte. Algo hay en tí que no me gusta, que no procede de mis lecciones. Quizás alguna pasajera florescencia del espíritu, de esas que marcan el período culminante de la juventud... En fin, sea lo que quiera, vámonos ya.

Al fin logré que se levantara del tabernario banquetillo.

—Voy á revelarle á usted un secreto—me dijo cuando pasábamos junto al mercado, en cuyas galerías y puestos algún rumor, alguna lucecilla triste anunciaban los primeros desperezos de la faena del día.—Desde que estoy así...

—¿Cómo?