—Así, nervioso, excitado, con estos estímulos musculares que me piden la violencia, la arbitrariedad, el drama... Pues desde que estoy así, mis antipatías son tan atroces, que al que me desagrada, le aborrezco con toda mi alma. ¿Sabe usted quién es la persona que más me carga de cuantos hay sobre la tierra?

—¿Quién?

—Su hermano de usted, nuestro anfitrión de esta noche, el Sr. D. José María Manso, marqués presunto, según dicen.

Lastimado de esta cruel antipatía, defendí á mi hermano con calor, diciendo á Peña que si aquél tenía ciertas ridiculeces y manías era bueno y leal. Pero mi defensa exasperó más al joven, el cual sostuvo que toda la rectitud y lealtad de José no valían dos pepinos. Sospeché que Manuel había oido en los corrillos políticos del salón de mi hermano algún comentario picante, alguna frase alusiva á su humildísimo origen, y que, mortificado por esto, confundía en un solo aborrecimiento al dueño de la casa y á los murmuradores. Así se lo dije, y me confesó que, en efecto, había oido cosillas que lastimaban su dignidad horriblemente; pero que en este orden de agravios, el delincuente era Leopoldito Tellería, marqués de Casa-Bojío, por lo cual mi buen amigo aguardaba una coyuntura propicia para romperle el bautismo.

—¿Duelito tenemos?—dije, no pudiendo consentir que mi discípulo, á quien yo había inculcado las más severas nociones de moral, me viniese hablando de resolver sus asuntos de honor con el bárbaro é ineficaz procedimiento del desafío, herencia del vandalismo y de la ignorancia.

—Usted no vive en el mundo, maestro—replicó él. Su sombra de usted se pasea por el salón de Manso; pero usted permanece en la grandiosa Babia del pensamiento, donde todo es ontológico, donde el hombre es un sér incorpóreo, sin sangre ni nervios, más hijo de la idea que de la historia y de la Naturaleza; un sér que no tiene edad, ni patria, ni padres, ni novia. Diga usted lo que quiera; pero me parece que si yo no tuviera ocasión de ponerle la mano en la cara al marqués de Casa-Bojío, y de echarle al suelo y de pasearme luego por su cuerpo, llegaría á creer que el Universo está desequilibrado y que el orden de la Naturaleza se ha destruido... ¿Y lo creerá usted? Hay otro hombre que me encocora más que Leopoldito, y es el benemérito hermano de mi maestro.

—¿Y también le vas á desafiar? ¿Pero estás loco? Anda... has declarado la guerra al género humano... Manuel, Manuel, niño, modera esos impulsitos, ó será preciso ponerte un chaleco de fuerza. Estás hecho un pisaverde, un monstruo de alfeñique, un calaverilla de estos que se estilan hoy, verdaderos muñecos desengonzados que representan el Don Juan con los trapos y la voz de Polichinela.

Cuando subíamos la escalera, la señora de Peña abrió la puerta. Nunca se acostaba hasta que no volvía de la calle su hijo. Aquella noche, la célebre doña Javiera, soñolienta y malhumorada por la tardanza del nene, nos echó un mediano réspice á los dos.

—¡Ay, qué horas, qué horas de venir á casa!... Pero ¿también usted, amigo Manso, anda en estos pasos? Usted tan pacífico, tan casero, tan madrugador, ¿se descuelga aquí á las cuatro y media de la mañana? Vaya con el maestrito, con el padrote...

—Este pillo, señora, este pillo es quien me pervierte.