—No, mamá; él á mí.
—¡Ay! hijo, qué pálido estás... ¿qué tienes? ¿Te ha pasado algo?
—Nada, mamá; no tengo nada.
—¿Pero no entras á acostarte?
—Voy un momento arriba con el amigo Manso. Quiero que me deje unos libros que necesito.
—¡Libros tú!—le dije, entrando en mi casa.—¿Para qué quieres libros?
—Para preparar mi discurso.
—¿Qué discurso? ¿Ahora sales con eso?
—Usted sí que está en Belén. ¿No le he dicho á usted que voy á hablar en la gran velada?
—¿Qué gran velada es esa?