—La que dará la Sociedad para socorro de los inválidos de la Industria.
—¡Ah! es verdad. ¿Sobre qué tema vas á hablar? Toma los libros que quieras...
Yo me caía de sueño. Dejéle en el despacho y me fuí á mi alcoba, que era la pieza contígua. Desde mi cama le veía revolviendo en los estantes, tomando y dejando este ó el otro libro.
Antes de dormirme, le dije:
—Mañana me contarás los motivos de ese resentimiento que sientes contra mi pobre hermano.
—No lo puedo decir, es un secreto... ¿Le parece á usted que me lleve á Spencer?
—Hombre, llévate al moro Muza, y déjame descansar.
Ya desvanecido en el primer sueño, le oí decir:
—Es un canalla, es un canalla.
Y dormido profundamente, en mi cerebro no había más reminiscencias de la vida exterior que aquellas palabras, rielando en la superficie oscura y temblorosa de mi sueño, como el fulgor de las estrellas sobre el mar.