—¿Y tú observarás á Irene?

—Sí. La creo buena, la tengo por excepcional entre las jóvenes del día. Es superior á cuanto conozco, es una maravilla; pero...

—Á todo has de poner pero...

—¡Ay! Manuela, no sabes á qué tentaciones vive expuesta la virtud en nuestros días. Tú figúrate. Se dan casos de criaturas inocentes, angelicales, que en un momento de desfallecimiento han cedido á una sugestión de vanidad, y desde la altura de su mérito casi sobrehumano han descendido al abismo del pecado. La serpiente les ha mordido, inoculando en su sangre pura el vírus de un loco apetito. ¿Sabes cuál? El lujo. El lujo es lo que antes se llamaba el demonio, la serpiente, el angel caido; porque el lujo fué también querubín, fué arte, generosidad, realeza, y ahora es un maleficio mesocrático, al alcance de la burguesía, pues con la industria y las máquinas se ha puesto en condiciones perfectas para corromper á todo el género humano, sin distinción de clases.

Aguaita, Máximo; si quieres que te diga la verdad, no entiendo lo que has hablado; pero ello será cierto, pues tú lo dices... Bueno; cuidadito con la maestra...

Y en mi cerebro se estampó aquello de cuidadito con la maestra, de tal modo, que sólo la idea de mi papel de vigía aumentaba mi suspicacia.

Porque en mí habían surgido terribles desconfianzas, ¿á qué negarlo? Mi fé en Irene se había quebrantado un poco, sin ningún motivo racional. Es que el procedimiento de duda que he cultivado en mis estudios como punto de apoyo para llegar al descubrimiento de la verdad, sostiene en mi espíritu esta levadura de malicia, que es como el planteamiento de todos los problemas. Así, en aquel caso, mientras más me mortificaba la duda, más quería yo dudar, seguro de la eficacia de este modo del pensamiento; y de la misma manera que éste ha realizado grandes progresos por el camino de la duda, mi suspicacia sería precursora del triunfo moral de Irene, y tras de mi poca fé vendría la evidencia de su virtud, y tras de las pruebas rigurosas á que la sometería mi espíritu de hipótesis resultarían probadas racionalmente las perfecciones de su alma preciosa. Por otra parte, aquel desasosiego en que yo estaba desde que supe las acometidas de José, me revelaba el profundo interés, el amor, digámoslo de una vez, que Irene me inspiraba, y que hasta entonces podía haberse confundido ante mi conciencia con cualquier aberración caprichosa del sentimiento ó fantasmagoría de los sentidos. Yo tenía ardientes celos; luego yo quería con igual ardor á la persona que los motivaba.

Lo primero que resolví fué no declarar á Irene nada de lo que sentía, mientras no fuera para mí claro como la luz del sol que la maestra resistiría las torpes asechanzas de mi hermano. Entré á verla y hablarle. ¡Qué confusión tan grande se apoderó de mí al hallarla meditabunda, tristísima, más pálida que nunca, como si embargaran su alma graves y contradictorios pensamientos! ¿Qué le pasaba? Toda mi habilidad y mi charla capciosa no consiguieron abrir el sagrario de su alma, ni sorprender por una frase el misterio encerrado en ella. Aquel día funesto no la ví sonreir. Desmintió por completo la idea que yo tenía de su ecuanimidad y del reposo y sereno equilibrio de su caracter. No pude obtener de ella más que monosílabos. Fija su vista en la labor, hacía nudos y más nudos, y yo me figuraba que cada uno de éstos era un ergo de la enmarañada dialéctica que había en su cabeza, porque indudablemente pensaba, y pensaba mucho, y discutía y ergotizaba y hacía prodigios de sofística.

Muy mal impresionado me retiré á mi casa, y tan inquieto estuve, tan hostigado del recelo, de la curiosidad, que á la siguiente mañana, luego que concluyó la lección de los niños, abordé mi asunto y le dije:

—Ya sé todo lo que le pasa á usted. Manuela me ha contado las cosas de José María.