Oyóme tranquila y se sonrió un poco. Yo esperaba sorprender en ella turbación grande.

—Su hermanito de usted—me contestó,—es muy particular. Qué poco se parece á usted, amigo Manso. Son ustedes el día y la noche.

Yo seguí hablando de mi hermano, de su caracter ligero y vanidoso; le disculpé un poco; puse en las nubes á Lica, y...

Irene me interrumpió diciéndome:

—Aunque D. José no ha vuelto á entrar aquí, ni me ha dirigido una palabra desde la escena aquella, me parece que no puedo seguir en esta casa.

No hice más que un signo de sorpresa, porque no me atreví á contestarle negativamente. Comprendí que tenía razón. Preguntéle si el motivo de la tristeza que había notado en ella el día anterior tenía por causa las desagradables galanterías del amo de la casa, y me contestó:

—Sí y no... sería largo de explicar, pues... sí y no.

¡Sí y no! Admirable fórmula para llegar al colmo de la confusión ó á la locura misma.

—Pero sea usted sincera conmigo. Usted me ha dicho que me consultaría no sé qué asunto grave, y áun creo que dijo: «Juro hacer lo que usted me mande.»

Entonces me miró muy atenta. Sus ojos penetraban en mi alma como una espada luminosa. Nunca me había parecido tan guapa, ni se me había revelado en ella, como entonces, aquella hermosura inteligente que los más excelsos artistas han sabido remedar en esas pinturas alegóricas que representan la Teología ó la Astronomía. Yo me sentí inferior á ella, tan inferior que casi temblaba cuando le oí decir: