—Usted ha dudado de mí... Luego no es usted digno de que yo le consulte nada.

Era verdad, era verdad. Mis preguntas capciosas, mis inquisitoriales averiguaciones del día anterior debieron serle poco gratas. Su resentimiento me pareció bellísimo, y dióme tanto placer, que no pude ocultarle cuánto me agradaba aquel noble tesón suyo. Hícele declaraciones de firme amistad; pero sin excederme ni dar á entender otra cosa, pues no era llegada la ocasión, ni había logrado yo la evidencia que buscaba, aunque tenía el presentimiento de ella.

Salimos á paseo. Mostróse apacible y cordial; pero en nuestra conversación, en nuestros escarceos y juegos de diálogo me manifestaba que había algo que no estaba dispuesta á revelarme, y ese algo era lo que se me ponía á mí entre ceja y ceja, mortificándome mucho.

—Yo haré méritos—le dije,—para ganar otra vez su confianza y oir las consultillas que quiere usted hacerme.

—Veremos. Por de pronto...

—¿Qué?

—Por de pronto no me ametralle usted á preguntas. Quien mucho pregunta poco averigua. Tenga usted más paciencia y confianza en mi espontaneidad. En esto soy tremenda; quiero decir que cuando no me chistan me entran á mí deseos de contar algo. Y en cuanto á las consultillas, pierden toda su sal si no se hacen en tiempo oportuno y cuando ellas solas se salen del corazón.

Esto me hizo reir, y cuando nos despedimos en casa de Lica, me reí más con esta salida de Irene.

—Para que haga usted más méritos, le voy á pedir otro favor... ¡Cuánto le agradecería que me hiciera una notita, un resumen, pues, en un papelito así... de la historia de España! ¿Creerá usted que se me confunden los once Alfonsos y no les distingo bien? Todos me parece que han hecho lo mismo. Luego se me forma en la cabeza una ensalada de Castilla con León, que no sé lo que me pasa. ¿Hará usted la nota?...

—Pero, criatura, ¿la historia de España en un papelito?...