—Nada más que los once Alfonsos. De don Pedro el Cruel para acá ya me las manejo bien... ¡Qué cosa más aburrida! aquellas guerras de moros, siempre lo mismo, y luego los casamientos de el de acá con la de allá, y reinos que se juntan, y reinos que se separan, y tanto Alfonso para arriba y para abajo... Es tremendo. Le soy á usted franca. Si yo fuera el Gobierno suprimiría todo eso.

—¿La historia?

—Eso, eso que he dicho. No se enfade usted por estas herejías, y abur.


XXIII

¡La historia en un papelito!

¿Cuándo se ha visto extravagancia semejante? Me parece que menudean demasiado los antojos. Un día la Gramática de la Academia, que apenas entiende; otro día lápices y dibujos que no usa, primero las poesías en bable, después la canción de Tosti, y ahora la historia de los Alfonsos en un papelito... Al demonio se le ocurre... Vaya, vaya, que no es tan grande en ella el dominio de la razón; que no hay en su espíritu la fijeza que imaginé ni aquel desprecio de las frivolidades y caprichos que tanto me agradaba cuando en ella lo suponía. Pero lo extraño es que no por perder á mis ojos alguna de las raras cualidades de que la creí dotada, amengua la vivísima inclinación que siento hacia ella; al contrario... Parece que á medida que es menos perfecta es más mujer, y mientras más se altera y rebaja el ideal soñado, más la quiero y...

Esto pensaba yo aquella noche. Hondamente abstraido no asistí á la reunión. Ocupóme completamente al otro día un asunto universitario, que me tuvo no sé cuantas horas de Herodes á Pilatos, desde el despacho del rector á la Dirección de Instrucción pública. Asistí á una comida dada por mis discípulos á tres catedráticos, y antes de retirarme á mi casa dí una vuelta por la de mi hermano, donde encontré una gran novedad, que me refirió puntualmente Lica. La noche anterior habían cruzado palabras bastante agrias Manuel Peña y el marqués de Casa-Bojío. Fué cuestión de etiqueta que trajo al punto la cuestión de clases, y prontamente la de personas; tres cuestiones que se encerraban en una, en la necesidad de que ambos jóvenes se descrismaran á sablazos ó á tiros en lo que llaman el campo de honor. La dureza provocativa de las frases dichas por Peña en la malhadada disputa, y su resistencia á dar explicaciones, hacían inevitable el duelo. Había querido José María arreglar el asunto urgándose el caletre para buscar fórmulas de transacción; que tal era su fuerte; mas por aquella vez el abrazo de Vergara no vendría, como en 1839, sino después de la efusión de sangre, y ya estaba todo concertado para el día siguiente muy temprano. Cimarra y no sé qué otro caballerito eran padrinos de mi discípulo. El disgusto de Lica era grande, y yo deploraba con toda mi alma que un joven de talento claro y de sanas ideas, educado por mí en el aborrecimiento de la barbarie humana, incurriera en la estúpida flaqueza de desafiarse. Lo que yo hablé aquella noche sobre este particular no es para contado aquí. Estuve casi elocuente, y Lica aprobaba con toda su alma mis ideas, y se admiraba de que un criterio tan sano no triunfara en la sociedad, anonadando el error y las preocupaciones.

Grande era la pena que yo sentía aquella noche para que no respondiera de malísimo gusto al insufrible y cada vez más pesado poeta, secretario de la sociedad de inválidos. Pero él, rechazado fuertemente por mi desvío, volvía á la carga con más empuje, y me acribillaba con sus inhumanas pretensiones. Quería, ni más ni menos, que yo tomase parte en la gran velada que se estaba organizando, y que echase también mi discursito, rivalizando con los demás oradores que ya estaban comprometidos, entre los cuales los había de primera fuerza. Resistíme á todo trance, me blindé con la razón de mi escaso poder oratorio; pero ni áun esto me valía, porque mi hermano, Pez y otros dos graves señores (uno de ellos ex-ministro) que presentes estaban, me atacaron de flanco diciéndome que no hacían falta discursos brillantes, sino sólidos y razonados; que con mi palabra tendría la solemne fiesta una autoridad que no le darían los cantorrios y los discursos floridos; y por último, que la Sociedad, si yo la desairaba negándole mi valioso concurso, vería en mi ausencia de la velada un vacío imposible de llenar con otro discurso ni con poesías ni con música. Estas lisonjas no hacían mella en mi rígido caracter, y obstinadamente negué mi concurso. Díjome mi hermanito que yo era una calamidad; llamóme Lica jollullo, y la cabeza parlante me agració con un juicio bastante duro acerca del poco sentido práctico de los filósofos y de la escasa ayuda que prestan al movimiento de la civilización. El párrafo que este señor me echó, como una rociada de sabiduría, algo semejante al vinagrillo aromático, parecía un artículo de periódico, de esos que se escriben por el vulgo y para el vulgo, y que constituyen la escuela diaria y constante de la vulgaridad. No hice caso, y me marché á casa.

Deseaba saber si Manuel Peña estaba en la suya, y si doña Javiera se había enterado de las andanzas caballerescas de su niño. Buen sermón preparaba yo á mi discípulo, aunque en rigor de verdad, ya no había medio de retroceder en el lance, y la feroz preocupación social, berruga de la cultura moderna y escándalo de la filosofía, sería inevitablemente respetada y cumplida. La idolatría del punto de honra me parece tan absurda hoy, como si á mis contemporáneos les diera de repente la humorada de restablecer los sacrificios humanos y de inmolar á sus semejantes en el altar de un muñeco de barro que representase cualquier divinidad salvaje. Pero tal es la fuerza del medio social, que yo, con todo el vigor y pureza intolerante de mis ideas, no me habría atrevido á alejar á Peña del bárbaro terreno ni á sugerirle la idea de faltar al emplazamiento. ¿Qué más? Siendo quien soy, creo que no podría ni sabría eximirme de acudir al llamado campo del honor, si me viera impulsado á ello por circunstancias excepcionales. No olvidemos nunca los grandes ejemplos de debilidad humana, mejor dicho, de transacciones de la conciencia, determinadas por el medio ambiente. Sócrates sacrificó un gallo á Esculapio, San Pedro negó á Jesús.