Doña Javiera no sabía nada. Manuel había tenido el buen acuerdo de engañarla diciéndole que iba á Toledo con unos amigos, y que no volvería hasta el día siguiente. Con esto, la pobre señora estaba tranquila. Yo no lo estaba, pues aunque en la generalidad de los casos los duelos del día son verdaderos sainetes, y esta es la tendencia de todos los que intervienen en ellos como padrinos ó componedores, bien podría suceder que las leyes físicas con su fatalidad profundamente seria y enemiga de bromitas, nos regalasen una tragedia.

Desde muy temprano salí, al siguiente día, para enterarme de lo ocurrido, mas nada pude averiguar. Á las diez no había entrado Peña en su casa, lo que me puso en cuidado; pero doña Javiera, sin sospechar cosa mala, decía: «Vendrá en el tren de la noche. Figúrese usted, en un día no tienen tiempo de ver nada, pues sólo en la catedral dicen que hay para una semana.»

Corrí á casa de José, donde Lica, atrozmente inmutada, me dió la tremenda noticia de que Peñita había matado al marqués de Casa-Bojío. Sentí pena y terror tan grandes, que no acertaba á hacer comentarios sobre tan lamentable suceso, prueba evidente de la injusticia y barbarie del duelo. ¡Aquel joven, dotado de corazón noble, de inteligencia tan clara y simpática, interesantísimo y amable por su figura, por su trato, por las prendas todas de su alma, había asesinado á un infeliz inocente de todo delito que no fuera el ser necio!... ¿y por qué? por unas cuantas palabras vanas, comunes y baldías, accidente de la voz y producto de la tontería, ¡palabras que no tenían valor bastante para que la naturaleza permitiera, por causa de ellas, la muerte de un mosquito, ni el cambio más insignificante en el estado de los séres!

Pero ¡qué demonio! la noticia la había traido Sainz del Bardal. ¿No era el conducto motivo bastante para dudar...?

—Sí, sí—me dijo Lica. Corre á enterarte en casa de Cimarra. José María salió muy temprano. No le he visto hoy. Dijo que no volvería hasta la noche.

¡Que todos los demonios juntos, si es que hay demonios, ó todos los genios del mal, si es que existe genio del mal fuera del alma humana, carguen con Sainz del Bardal, y le puncen y le rajen, y le pinchen y le corten, y le sajen y le acribillen, y le arañen y le acogoten, y le estrangulen y le muelan, y le pulvericen y le machaquen hasta reducirle á pedacitos tan pequeños que no puedan juntarse otra vez, y hasta lograr la imposibilidad de que vuelvan á existir en el mundo poetas de su ralea...! ¡Valiente susto nos dió el maldito!... ¿De dónde sacaste, infernal criatura, que el escogido entre los escogidos, Manolo Peña, había quitado la preciosa vida al pobre Leopoldito, que por estar blindado de sandeces, como lo está de conchas un galápago, tiene en su inútil condición garantías sólidas de inmortalidad? ¿En qué fuente bebiste, poeta miasmático, peste del Parnaso y sarampión de las Musas? ¿Quién te engañó, quién te sopló, trompa de sandeces? Si no pasó nada, si no hubo más sino que el filo del sable de Peña rozó la oreja derecha del espejo de los mentecatos y le hizo un rasguño, del cual brotaron obra de catorce gotas de sangre de Tellería, y como la cosa era á primera sangre, aquí paró el lance y ambos caballeros se quedaron repletos de honor hasta reventar, y luego se dieron las manos, y el que hacía de médico sacó un pedacito de tafetán inglés y lo aplicó á la oreja de Tellería, dejándosela como nueva, y todo quedó así felizmente terminado para regocijo de la humanidad y descrédito de las malditas ideas de la Edad Media que aún viven...

Me contó todo el mismo Cimarra, haciendo ardientes elogios de la serenidad, valor y generosa bravura de Manuel Peña. Faltóme tiempo para llevar la buena noticia á Lica, que se había tomado ya cinco tazas de café para quitar el susto. Doña Jesusa dió gracias á Dios en voz alta, Mercedes cantó de alegría, y hasta el ama, Rupertico y la mulata se alegraron de que no hubiera pasado nada.

Después de almorzar, entramos Manuela y yo en el cuarto de estudio para ver escribir á las niñas. Recibiónos Irene con viva alegría. ¿Por qué estaba tan poco pálida que casi casi eran sonrosadas sus mejillas? La observé inquieta, con no sé qué viveza infantil en sus bellos ojos, decidora y de humor más festivo, pronto y ocurrente que de ordinario.

—Perdóneme usted—le dije,—pero he tenido muchas ocupaciones y no he podido traerle la historia en un papelito...

—¡Ah, qué tontería! No se incomode usted... No merece la pena... La verdad; no sé cómo usted me aguanta... Soy de lo más impertinente... En fin, como usted es tan bueno, y yo tan ignorante, me permito á veces molestarle con preguntas. Pero no haga usted caso de mí. ¿No es verdad, señora, que no debe hacer caso?...