—¡Oh! no, que trabaje, que le ayude, niña... Pues no faltaba más. ¿Para qué le sirve todo lo que sabe?

—Pero qué soso, ¡qué soso es!—dijo Irene mirándome y riendo, fusilándome con el fuego de sus ojos y haciéndome temblar con escalofrío nervioso.—¿Ve usted como no quiere tomar parte en la velada?... Lo que yo digo, es de lo más tremendo...

¡Jollullo!

—Pues tiene usted que hablar, sí señor. Mándeselo usted, señora, mándeselo usted, pues no hace caso de nadie...

—Pues sí, tienes que hablar, Máximo.

—Se deslucirá la fiesta si no habla—añadió Irene.—Ya le he dicho: «Si usted no abre el pico, amigo Manso, yo no voy,» y la señora ha prometido llevarme á un palquito de los de arriba.

—Sí, iremos á un palquito de los altos, donde podamos estar con comodidad... Mamá dice que si hablas, irá también.

Una voz gangosa, lánguida, que arrastraba perezosamente las sílabas, resonó en la puerta, murmurando:

—Tiene que hablar, sí señó...

Era doña Jesusa que pasaba. Y al mismo tiempo, Isabelita se abrazaba á mis piernas y se colgaba de mis manos, chillando también: