—Tienes que hablar, tiíto.

Miróme Irene de un modo terrible y dulce... Debió de mirarme como siempre, pero mi espíritu, desencajado en aquellos días, estaba dispuesto á la poesía y á las hipérboles, y lo menos que vió en los ojos de la maestra fué toda la miel del monte Hymeto mezclada á toda la amargura de las olas del mar... Y de estos océanos agridulces emergían, como náufragos que se salvan en una pastilla, estas palabras de acíbar y mazapán:

—Es preciso que hable... tiene usted que hablar...


XXIV

¡Tiene usted que hablar!

Pues tengo que hablar; no hay más remedio. Hay en sus palabras no sé qué de imperioso, de irresistible, que corta la retirada á mi modestia y me deja indefenso y solo entre los ataques de los organizadores de la velada. Al fin sucumbiré... Es necesario hablar. ¿Y sobre qué?

Esto pensaba al retirarme aquella noche después de un paseo con Manuela, Irene y los niños, y cuando me acercaba á mi casa iba pensando qué orden de ideas elegiría para componer un bonito discurso. Lo mismo fué entrar en mi despacho y ver mis libros, que se encendió de súbito mi mente y de ella brotó inspiración esplendorosa. El saber archivado en mi biblioteca parecía venir á mí en rayos, como las voces celestes que algunos pintores ponen en sus cuadros, y yo sentía en mí todas aquellas voces, tonos, y ecos distintos de la erudición, que me decían cada cual su idea ó su frase. ¡Qué admirable discurso el mío! ¡Panorama inmenso, síntesis grandiosa, riqueza de particularidades! Ocurrióseme la exposición del concepto cristiano de la caridad, uno de los más bellos alcázares que ha construido el pensamiento humano. Yo analizaría la definición dogmática de aquella virtud teologal y sobrenatural por la que amamos á Dios por sí mismo y al prójimo como á nosotros mismos por amor de Dios. Después me metería con los Santos Padres... ¡oh! mi memoria no me era fiel en este punto; sólo recordaba la gradación de San Francisco de Sales, que dice: «el hombre es la perfección del universo, el espíritu es la perfección del hombre, el amor la del espíritu y la caridad la del amor»... Después de apurar bien la caridad católica, yo, por medio de una transición apoyada en la hermosa frase de Newton: «sin la caridad la virtud es un nombre vano,» me pasaría al campo filosófico; establecería el principio de fraternidad, y pasito á pasito me iría al terreno económico político, donde las teorías sobre asistencia pública y socorros mutuos me darían materia riquísima... Luego la sociología... En fin, me sobraba asunto, tenía ideas con que hacer siete discursos para siete veladas. La dificultad estaba en condensar. No hay nada más difícil que hablar poco de una cosa grande. Sólo los espíritus verdaderamente grandes tienen el secreto de encerrar en el término de escasas palabras espacios inmensurables. Así, yo estaba confuso; no sabía qué escoger entre tanta tésis, entre tan variadas riquezas. Después de reflexionar largo rato, ví claro, y consideré que sería el colmo de la pedantería sacar á relucir el dogmatismo cristiano, los Santos Padres, la filosofía, la ciencia social, la fraternidad y la economía política. Parecióme ridícula la fiebre de erudición que me entró al ver mi biblioteca y consideré á qué locos extravíos conduce la manía del hacinamiento de libros. La erudición es un vino que tiene sus embriagueces. Librémonos de ellas, mayormente en ciertos actos, y aprendamos el arte de llevar á cada sitio y á cada momento lo que sea propio de uno y otro y encaje en ambos con maravillosa precisión. Volví la espalda á mi biblioteca y me dije:—«Cuidado, amigo Manso, con lo que haces. Si en esa famosa velada te descuelgas como un mosáico de erudición tediosa ó con un catafalco de filosofía trascendente, el público se reirá de tí. Considera que vas á hablar delante de un senado de señoras; que éstas y los pollos y todas las demás personas insustanciales que á tales fiestas asisten, estarán deseando que acabes pronto para oir tocar el violín ó recitar una poesía. Prepara una oración breve, discreta, con su golpecito de sentimiento y su toque de galantería á las damas; es decir, que cuando se te escape alguna filosofía, eches luego una borlada de polvos de arroz. Dí cosas claras, si puede ser, bonitas y sonoras. Proporciónate un par de metáforas, para lo cual no tienes más que hojear cualquier poeta de los buenos. Sé muy breve; ensalza mucho á las señoras que se desviven arreglando funciones para los pobres; habla de generalidades fáciles de entender, y ten presente que si te apartas tanto así de la línea del vulgo bien vestido que ha de oirte, harás un mal papel, y los periódicos no te llamarán inspirado ni elocuente.»

Esto me dije, y dicho esto me callé y me puse á comer, pues aquel día pude también evadirme, por rara suerte, de la comida oficial de mi hermano para consagrarme con sabrosa tranquilidad á la olla doméstica.

La próxima velada y el compromiso que contraje me tenían preocupado. No han sido nunca de mi gusto estas ceremonias que con pretexto de un fin caritativo sirven para que se exhiban multitud de tipos ávidos de notoriedad. Si algún tiempo antes me hubieran dicho: «vas á hablar en una velada caritativa» lo habría juzgado tan absurdo como si dijeran: «volarás.» Y sin embargo, ¡oh, Dios!, yo volé.