Pero un desasosiego mayor que este de pensar en mi discurso me entristeció por aquellos días. Una tarde fuí á casa de José María con intención decidida de ver á Irene y de hablarle un poco más explícitamente, porque mi propia reserva empezaba á atormentarme, y me cansaba del papel de observador que yo mismo me había impuesto. La determinación de sentimiento iba tomando tal fuerza en mí de día en día, que andaba la razón algo desconcertada, como autoridad que pierde su prestigio ante la insolencia popular. Y doy por buena esta figura, porque el sentimiento se expansionaba en mí al modo de un popular instinto, pidiendo libertad, vida, reformas, y mostrándome la conciencia de su valer y las muestras de su pujanza, mientras la rutinaria y glacial razón hacía débiles concesiones, evocaba el pasado á cada instante y no soltaba el códice de sus rancias pragmáticas. Yo estaba, pues, en plena revolución, motivada por ley fatal de mi historia íntima, por la tiranía de mí propio y por aquella manera especial de absolutismo ó inquisición filosófica con que me había venido gobernando desde la niñez.

Aquel día, pues, el brío popular era terrible; se habían desbordado las masas, como suele decirse en lenguaje revolucionario, y la Bastilla de mis planes había sido tomada con estruendo y bullanga. Acordándome de Peña y de sus ideas sobre la necesidad de lo dramático en cierta parte de la vida, me parecía que tenía razón. Era preciso ser joven una vez y permitir al espíritu algo de ese inevitable proceso reformador y educativo que en Historia se llama revoluciones.

«Basta de sabidurías,—me dije;—acábense los estudios de caracter, y las disecciones de palabras que me enredan en mil tormentosas suspicacias y cavilaciones. ¡Al hecho, á la cosa, al fin! Planteada la cuestión y manifestados mis deseos, toda la claridad que haya en mí se repetirá en ella, y la veré y apreciaré mejor. Así no se puede vivir. ¡Ay de aquel que en esto de mujeres imite al botánico que estudia una flor! ¡Necio! Aspira su fragancia, contempla sus colores; pero no cuentes sus pistilos, no midas sus pétalos ni analices su caliz, porque así, mientras más sepas más ignoras, y sabrás lo menos digno de saberse que guarda en sus inmensos talleres la Naturaleza.»

Así pensaba, y con estas ideas me fuí derecho á su cuarto. ¡Desilusión! Irene no estaba. Las niñas tampoco. Lica salió á mi encuentro y me explicó el motivo de la ausencia de la maestra. Había ido á casa de su tía á arreglar sus cosas. Parece que estaban de mudanza. Doña Cándida había tomado un cuartito muy mono y recorría las almonedas para procurarse muebles baratos con que arreglarlo. Irene estaba en la antigua casa de mi cínife poniendo en orden sus objetos para la mudanza, y ayudando á su tía.

Quise ir allá, pero Lica me retuvo. Tenía que darme cuenta de los malos ratos que estaba pasando con el ama de cría, cuya bestial codicia, iracundo genio y feroces exigencias, no se podían soportar. Todos los días armaba peloteras con la mulata, y se ponía tan furiosa, que la leche se le echaba á perder, y mi buen ahijado se envenenaba paulatinamente. Cuanto veía se le antojaba, y como Manuela le hacía el gusto en todo, llegó un momento en que ni con faldas de terciopelo, ni con joyas falsas ó finas se la podía contentar. Cuando la contrariaban en algo, ponía un hocico de á cuarta, y era preciso echarle memoriales para sacarle una palabra. No mostraba ningún cariño á su hijo postizo, y hablaba de marcharse á su casa con su hombre y los sus mozucos. Varios objetos de valor que habían desaparecido fueron descubiertos sigilosamente en el baul de la bestia. Lica le tenía miedo, temblaba delante de ella, y no se atrevía á mostrarle caracter ni á contrariarla en lo más ligero.

—Que se lleve todo,—me decía lloriqueando, á solas los dos,—con tal que críe al hijo de mis entrañas. Ella es el ama, yo la criada: no me atrevo á resollar delante de ella por miedo de que haga una brutalidad y me mate al hijo.

—¡Buen punto te ha traido doña Cándida! ¿Ves? de mi cínife no puede salir cosa buena.

—Y doña Cándida, ¿qué culpa tiene?... ¡la pobre!... No seas ponderativo... Si yo pudiera buscar otra criandera sin que ésta se maliciara, pues, y plantarla en la calle... ¡Ay! Máximo, tú que eres tan bueno, ayúdame. No cuento para nada con José María. ¿Ese?... como si no existiera. No parece por aquí. Con que Máximo, chinito...

—Pero Lica... y esa doña Cándida, ¿qué dice?

—Si ya apenas viene á casa... Desde que ha vendido las tierras de Zamora y tiene moneda...