—¡Dinero doña Cándida!—exclamé más asombrado que si me dijeran que Manzanedo pedía limosna.—Dinero Calígula.
—Sí, está rica: pues si vieras, niño... gasta más fantasías...
—¡Ay Lica, Lica! yo te encargué que vigilaras bien á mi cínife. ¿Lo has hecho?
—Pero ven acá, ponderativo...
Yo no sabía qué pensar. La necesidad de ver á Irene, y no sé qué instinto suspicaz, que me impulsaba á observar de cerca los pasos de doña Cándida, lleváronme á la casa de ésta. Llegué: mi espíritu estaba preñado de temores y desconfianzas. Llamé repetidas veces tirando, hasta romperlo, del seboso cordon de aquella campanilla ronca; pero nadie me respondía. La portera gritó desde abajo que la señora y su sobrina estaban en la otra casa. Pero, ¿dónde estaba esa casa? Ni la portera ni los vecinos lo sabían.
Volví junto á Lica. Irene llegó muy tarde, cansada, ojerosa, más pálida que nunca. La nueva casa de su tía estaba en la barriada moderna de Santa Bárbara, con vistas á las Salesas y al Saladero. Tía y sobrina habían trabajado mucho aquella tarde.
—¡He cogido tanto polvo!...—me dijo Irene.—Estoy rendida de sueño y cansancio. Hasta mañana, amigo Manso.
¡Hasta mañana! Y aquel mañana vino, y también desapareció Irene. Vivísima curiosidad me impelía hacia la nueva casa, alquilada y amueblada con el producto de aquellas tierras de Zamora que no existían más que en el siempre inspirado númen del fiero Calígula.
Salí, recorrí las nuevas calles del barrio de Santa Bárbara; pero no dí con la casa. Según me había dicho Irene, ni el edificio tenía número todavía, ni la calle nombre: pregunté en varios portales, subí á varios pisos, y en ninguno me daban razón. Parecíame viajar por una ciudad humorística como las tierras de doña Cándida, y áun me ocurrió si el cuartito muy mono estaría en uno de los yermos solares en que no se había edificado todavía. Volví hacia el centro. En la calle de San Mateo, ya cerca de anochecer, me encontré á Manuel Peña, que me dijo: «Ahora van la de García Grande y su sobrina por la calle de Fuencarral.»
Nos separamos después de haber hablado un momento de su discurso y del mío. Me fuí á casa, volví á salir. Era de noche...