No había dado dos pasos dentro del vestíbulo, cuando tropecé con un objeto duro y atrozmente movedizo. Era Sainz del Bardal, que se multiplicaba aquella noche como nunca; tal era su actividad. En el espacio de un cuarto de hora le ví en diferentes partes del coliseo, y llegué á creer que las energías reproductrices del universo habían creado aquella noche una docena de Bardales para tormento y desesperación del humano linaje. Él estaba en el escenario arreglando la decoración, los atriles, el piano; él en el vestíbulo disponiendo los tiestos de plantas vivas que á última hora no habían sido bien colocados; él en los palcos saludando á no sé cuántas familias; él adentro, afuera, arriba y abajo, y aun creo que le ví colgado de la lucerna y saliendo por los agujeros de la caja de un contrabajo. Una de las tantas veces que pasó junto á mí, como exhalación, me dijo:

«Arriba, en el palco segundo de proscenio, están Manuela, Mercedes, y... abur, abur.»

Subí. Sorprendióme ver á Lica en lugar tan eminente, en un palco que lindaba con el paraíso. El público extrañaría seguramente no ver á la señora de Manso en uno de los proscenios bajos. Parecía aquello una deserción, harto chocante tratándose de la dama en cuya casa se había organizado la fiesta. Cuando entré, Irene estaba colgando los abrigos en el estrecho antepalco. Saludóme en voz baja, dulcísimamente, con algo como secreteo ó confidencia de amigo íntimo.

—Ya estaba yo con cuidado—dijo,—temiendo que usted...

—¿Qué?

—Nos hiciera una jugarreta, y á última hora no quisiera hablar.

—¿Pero no prometí...?


XXVI

Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio.