Su discreción me pareció encantadora. Parecía decirme: «Ya hablaremos largamente de ello y de otras mil cosas agradables.»
—¿No sabes?—me dijo Lica.—José María se ha puesto muy bravo, porque no he querido ir al palco proscenio. Dice que esto es una gansada... Mejor; que rabie. No me da la gana de ponerme en evidencia. Aquí estamos muy bien... Aguaita, chinito; hemos venido de bata. No te chancees. Aquí vemos todo y nadie nos ve... ¡Jesús, cómo está mi marido! Dice que no sirvo más que para vivir en un potrero... ¡Qué cosa! En fin, que rabie.
Mercedes miraba hacia las butacas, y aquel animado panorama á vista de pájaro la desconsolaba un poco, por no encontrarse ella en medio de tanto brillo y hermosura. También estaba doña Jesusa; inaudito fenómeno, tan contrario á sus costumbres sedentarias.
—No he venido más que á oirle, niño—me dijo con toda la bondad del mundo.—Pues si no fuera porque usted se va á lucir, no me sacarían de mi sillón ni toitas las Potencias celestiales.
Estaba la buena señora horriblemente vestida de día de fiesta, con gruesas y relumbrantes alhajas, y un medallón en el pecho con la fotografía de su difunto esposo, casi tan grande como un mediano plato. Yo no me había enterado hasta aquella noche de las facciones del papá de Lica, que era un señor muy bien barbado, vestido de voluntario de Cuba.
—Parece que hay solo de arpa—me dijo Mercedes ilusionada con los misteriosos atractivos del programa.
—Creo que sí. Y también...
—¡Ah, los versos de Sainz del Bardal son más lindos!...—indicó Manuela.—Me los leyó esta tarde. Hablan de Sócrates y de un tal... no sé cómo.
—¿Y quién más recita?
—Creo que recitarán los principales actores. Voy á que Sainz del Bardal les mande á ustedes un programa.