—¿Sobre qué va usted á hablar? ¿Quiere darme usted un extracto de su discurso?
—Cuatro generalidades... en fin, ya lo verá usted.
—¡Qué poco feliz ha estado ese señor de Pez!
Otro llegó y dijo:
—Ya se acabó el dies iræ. Es un piporro ese señor de Pez... ¡Ah! vea usted el del arpa. ¡Qué figura, amigo Manso! Pues si eso sonara...
—Parece mentira—añadió un tercero, gomoso, discípulo mío por más señas, buen chico, ateneista...—¡Qué escándalo con los revendedores! Esto no pasa más que en España. El gobernador ha mandado detener á alguno. Sería curioso saber quién les había dado los billetes que no se han vendido en el despacho y son todos personales...
Poco á poco iban llegando conocidos, y se formaba animado corrillo junto á mí.
—Señor de Manso, ¿cuándo va usted?
—Después del arpa. ¡Lástima que mi discurso sea tan pobre de arpegios!
—Yo, á ser usted, hubiera pedido un lugar más adelantado.