—¡Qué dedos!
—Si parecen patas de araña corriendo por los hilos.
—¡Y cómo se sofoca el buen señor!... Mire usted, Manso, cómo se le mueven los cuernecitos del pelo.
—¿Pero han visto ustedes las cruces que tiene ese hombre?
—¿Qué es eso de hombre? Si es la mujer con barbas... esa que estaba en la feria...
—Ps... silencio, señores; esas risas...
Cuando concluyó el solo y sonaron los aplausos, parecía que se me arrugaba el corazón y que se me desvanecía la vista. Mi hora había llegado. Dí algunos pasos mecánicos.
—Todavía no. Va á repetir. Tocará otra pieza.
—¡Qué placer!... cinco minutos de vida.
Para animarme, afecté alegría, despreocupación y un valor que estaba muy lejos de tener. La reflexión de estos estímulos artificiales suele ser de momentánea eficacia. Y por último, llegó el segundo fatal. El italiano entró, volvió á salir llamado por el público, y al fin retiróse definitivamente. Yo le ví limpiándose el sudor de su amoratado rostro, que parecía un lustroso tomate y oí felicitaciones de los músicos que le rodeaban. Cuando rompí por medio de ellos para salir, las piernas me temblaban.