—En fin, lo diré como mío.
—¡Ah!... esa frase es de Víctor Cousin...
—Sea de quien fuere... usted, maestro, pronto entra.
—Detrás del arpa... Ahí va.
El italiano y su comitiva italianesca pasó junto á nosotros. Hacía mi benemérito predecesor gimnasia con los dedos, como si quisiera rasguñar el aire.
Hubo un silencio espectante que me impresionó, haciéndome pensar que pronto se abriría ante mí la cavidad muda y temerosa de un silencio semejante. Después oyéronse pizzicatos. Parecían pellizcos dados al aire, el cual, cosquilloso, respondía con vibraciones de risa pueril. Luego oimos un rasgueado sonoro y firme como el romper de una tela, después un caer de gotas ténues, lluvia de soniditos duros, puntiagudos, acerados, y al fin una racha musical, inmensa, flagelante, con armonías misteriosas.
—¡Caramba, que este hombre toca bien!
—¡Vaya!
—Ahora, ahora, ¡qué melodía! ¿Pero de dónde es esto?
—Es una fantasía sobre La Estrella del Norte.