Murmullos del público me declaraban que el dragoncillo, como yo, había considerado aquella demostración absolutamente impropia, inoportuna y ridícula. Luego la habían arrojado tan mal... Me dieron ganas de tirarla en medio de las butacas.
—Es obsequio de la familia—oí que decía no sé quién.
Me confundí mucho, y después me entró una ira... ¡Ya comprendía lo que guardaba el pícaro negro dentro de aquel pañuelo! ¡Como si lo viera! Debió de ser idea de la niña Chucha...
Me interné en el escenario con mi fastidiosa carga de hojarasca de trapo. En verdad, lo mejor era tomarlo á risa, y así lo hice... Bien pronto, mientras continuaba el programa con la pieza de piano, se formó en torno mío el corrillo de amigos y oí las felicitaciones de unos, las sinceridades ó malicias de otros.
—Muy bien, amigo Manso... Tales manos lo hilaron.
—Me ha gustado mucho... pero mucho. No, no venga usted con modestias. Debe estar usted satisfecho.
—¡Orador laureado!... nada menos.
—Qué lástima que no alzara usted un poco más la voz. Desde la fila 11 apenas se oía.
—Muy bien, muy bien... Mil enhorabuenas... Un poquito más de calor no hubiera estado mal.
—¡Pero qué bien dicho... qué claridad!