—Vaya, vaya, y decía usted que era cosa ligera...
—Al pelo, Mansito, al pelo.
—Caballero Manso, bravísimo.
—Hombre, ya podías haber esforzado un poco la voz, y dar nervio, dar nervio...
—Mira, para otra vez mueve los brazos con más garbo... Pero ha gustado mucho tu discurso. Las señoras no lo han comprendido; pero les ha gustado...
—¿Con que coronita y todo...?
También vino el arpista á felicitarme, permitiéndose presentarse á sí mismo para tener l’onore de stringere la mano d’un egregio professore...
Estas lisonjas me obligaron, mal de mi grado, á dedicar algunas frases al panegírico del arpa, á sus bellos efectos y á sus dificultades, poniendo á los profesores de este instrumento por encima de todas las demás castas de músicos y danzantes.
Hablando con el italiano, con otros músicos, con algunos de mis amigos, me distraje de las partes siguientes del programa; pero hasta donde estábamos venían, como olores errantes de un próximo sahumerio, algunas emanaciones retóricas de los versos que leía Sainz del Bardal. Su declamación hinchada iba lanzando al aire bolas de jabón que admiraban las mujeres y los necios. Las bombillas estallaban, resonando de diversos modos, ya en tono grave, ya en el plañidero y sermonario; y entre el rumor de la cháchara que en derredor mío zumbaba, oíamos: creed y esperad... inmensidad sublime... místicos ensueños... salve, creencia santa. De varios vocablos sueltos y de frasecillas volantes colegimos que el señor del Bardal se guarecía bajo el manto de la religión; que bogaba en el mar de la vida; que su alma rasgaba pujante el velo del misterio, y que el muy pillín iba á romper la cadena que le ataba á la humana impureza. También oimos mucho de faros de esperanza, de puertos de refugio, de vientos bramadores y del golfo de la duda, lo que no significaba que Bardal se hubiera metido á patrón de lanchas, sino que le daba por ahí, por embarcarse en la nave de su inspiración sin rumbo, y todo era naufragios retóricos y chubascos rimados.
—Si encallará de una vez este hombre...