—Dejarle que le dé al remo... ¡Lástima que ya no tengamos galeras!
—¡Y cómo me le aplauden!...
—Ya... Mientras exista el sexo femenino, las Musas cotorronas tendrán alabarda segura... El público aplaude más estas vulgaridades que los versos sublimes de XXX. Así es el mundo.
—Así es el Arte... Vámonos, que ya viene.
—¡Que viene Bardal! ¿Quién le aguanta ahora?
—Temo ponerme malo. Estoy perdido del estómago, y este poeta emético siempre me produce náuseas... Huyamos.
—Sálvese el que pueda.
Yo también me marché, temeroso de que me acometiera Bardal. Salí del escenario, y en el pasillo bajo encontré mucha gente que había salido á fumar, haciendo de la lectura del poeta un cómodo entreacto. Algunos me felicitaron con frialdad, otros me miraron curiosos. Allí supe que el célebre orador que debía tomar parte en la velada se había excusado á última hora por haber sido acometido de un cólico. Faltaban ya pocos números, y era indudable que parte del público se aburría soberanamente, y pensaba que á los autores de la velada no les venía mal su poquito de caridad, terminando la inhumana fiesta lo más pronto posible.
En la escalera encontré á mi hermano. Andaba visitando palcos, traía un ramito en un ojal y estrujaba en su mano La Correspondencia.
—Has estado verdaderamente filósofo—me dijo con pegadiza bondad,—pero con muchas metafísicas que no entendemos los tristes mortales. Lástima que no hicieras uso de los datos de mortalidad que te dió Pez á última hora y del tanto por ciento de indigentes por mil habitantes que acusan las principales capitales de Europa. Yo he estudiado la cuestión, y resulta que las escuelas de instrucción primaria nos ofrecen 414 niños y 3/4 de niño por cada...