—¿Has estado arriba, en el palco de la familia?—le pregunté, para cortar el hilo funesto de su estadística.
—No: ni pienso ir. ¡Buena la han hecho! ¿Te parece?... ¡Guindarse en ese palcucho! ¡Qué inconveniencia, qué tontería y qué estupidez! Mi mujer me pone en ridículo cien veces al día... Pues digo, ¿y á tí?... ¿Qué te ha parecido lo de la coronita?
La carcajada que soltó mi hermano trajo á mi espíritu la imagen del malhadado obsequio que recibí, y no pude disimular el disgusto que esto me causaba.
—Si es la gente más tonta... Apuesto que la idea fué de la niña Chucha. En cuanto á Manuela, es verdaderamente la terquedad en figura humana. Basta que yo desee una cosa...
Yo disculpé á Lica; él se incomodó; díjome que yo, con mis tonterías de sabio, fomentaba la terquedad y los mimos de su esposa.
—Pero José...
—Tú eres otra calamidad, otra calamidad, entiéndelo bien. Nunca serás nada... porque no estás nunca en situación. ¿Ves tu discurso de esta noche, que es práctico y filosófico y todo lo que quieras? Pues no ha gustado, ni entusiasmará nunca al público nada de lo que escribas, ni harás carrera, ni pasarás de triste catedrático, ni tendrás fama... Y tú, tú eres el que hace en mi casa propaganda de modestia ridícula, de ñoñerías filosóficas y de necedades metódicas.
—¡Ay, José, José!...
—Lo dicho, camarada.
En esto estábamos, cuando nos sorprendió un estrépito que de la sala del teatro venía. Al pronto nos asustamos. ¡Pero quiá!... eran aplausos, aplausos furibundos que declaraban entusiasmo vivísimo.