Lica se volvió á mí y me dijo:

—¡Qué lástima que no haya venido su mamita á oirle!

Y doña Jesusa, suponiéndome desairado, me miró con benevolencia, y me dijo:

—También usted ha estado muy bien...

¡Y yo que no me acordaba de mi discurso, ni de la funesta corona!

—¡Qué lástima que no hubiéramos traido dos guirnaldas!

—Á propósito, Manuela, ¡qué inoportunas estuvisteis!...

—Calla, chinito, más mereces tú.

—Si es que Máximo—me dijo doña Jesusa, reforzando su benevolencia porque me suponía triste del bien ajeno,—estuvo también muy bueno... Todos, todos han estado buenos...

Y la otra no decía nada. Cuando concluyeron los aplausos volvió á su asiento. La miré; tenía las mejillas encendidas; también había llorado.