—¡Qué bueno, qué bueno!—exclamaba Lica sin cesar.—Este niño es un milagro. ¿Qué le ha parecido á usted, Irene?

Irene me miró, y tuvo una frase celestial.

—Hace honor á su maestro.

—Este muchacho—afirmé yo,—será un gran orador. Ya lo es. Parece que en él ha querido la Naturaleza hacer el hombre tipo de la época presente. Está cortado y moldeado para su siglo, y encaja en éste como encaja en una máquina su pieza principal.

—Ahí, en el palco de al lado, decía un señor que Manuel será ministro antes de diez años.

—Lo creo; será todo lo que quiera; es el niño mimado del destino. Todas las hadas le han visitado en su nacimiento...

—Me parece que debemos marcharnos. Yo estoy muy cansada. ¿Y usted, mamá?

—Por mí, vámonos.

—¿Y no oimos al tenor?—indicó Mercedes con desconsuelo.

—Niña, en el Real le oiremos.