Levantáronse. Irene estaba en el antepalco distribuyendo abrigos. Cuando todos se abrigaron, también ella tomó el suyo. Yo atendí primero á doña Jesusa, á Lica, á Mercedes, después á ella que, con su alfiler en la boca, desdoblaba el mantón para ponérselo. Irene me dió las gracias. No sé por qué se me antojó que lloraba todavía. ¡Engaño de mis embusteros ojos!... Salimos. El negrito se colgó de mi brazo obligándome á inclinarme del costado derecho. Todo era para alcanzar mi oido con su hociquillo y decirme en tímido secreto:

—Ninguno ha estado tan bien como taita. Mi amo Máximo les gana á todos, y si dicen que no...

—Calla, tonto.

Po que no lo entienden.

La necesidad de acompañar á la familia me privó de ir al escenario para dar un estrecho abrazo á mi querido discípulo. Pero yo le vería pronto en su casa, y allí hablaríamos largamente del colosal éxito de aquella noche...

¡Y mi corona que se había quedado en el escenario! Mejor: in mente se la regalaba yo al arpista. No apoyaba esta idea Lica, que me dijo al subir al coche:

—Bien dice Irene que eres un sosón... ¿Por qué no has traido la corona? ¿Crees que no la mereces?... Pues sí que la mereces. Fué idea mía, ¿qué te parece?

—No, que fué idea mía—replicó prontamente la niña Chucha.

—No reñir, señoras; quedemos en que fué idea de las dos, lo cual no impide que sea una idea detestable.

—Mal agradecido.