—Relambido.

—Como no hubo tiempo, no pudimos escoger una cosa mejor. Lica escogió las flores.

—Y yo las hojas verdes.

—Y yo las cintas encarnadas.

—Pues todas, todas han tenido un gusto perverso.

—Bueno, bueno, no te obsequiaremos más.

—¡Ay, qué fantasioso!

Irene callaba. Iba junto á mí en el asiento delantero, y con el movimiento del coche su codo y el mío se frotaban ligeramente. Si fuera yo más inclinado á hacer retruécanos de pensamiento, diría que de aquel rozamiento brotaban chispas, y que estas chispas corrían hacia mi cerebro á producir combustiones ideológicas ó ilusiones explosivas... Con el cuneo del coche se durmió doña Jesusa. Lica se echó á reir, y dijo:

—Ya mamá está en la Bienaventuranza. ¿Y usted, Irene, se ha dormido también?

—No, señora—replicó la maestra con cierta sequedad.