—Como está usted tan callada... Y tú, Máximo, ¿qué tienes que no hablas?

Advertí entonces que no había desplegado mis labios en buen espacio de tiempo. No sé si dije algo para responder á Lica. Llegamos, por fin, á casa. Nada aconteció digno de ser contado. Aburrimiento general y desfile de cada persona hacia su habitación. Yo quise decir algo á Irene; la sentí detrás de mí cuando me despedía de doña Jesusa en el pasillo; volvíme, dí algunos pasos, y ya había desaparecido. Fuí al comedor... nada. En el gabinete de Manuela... tampoco. Pregunté á la mulata... La señorita Irene se había encerrado en su cuarto... ¡Ay, qué prisa, Dios mío!... Bien, bien, yo también me retiro.

El negrito se me colgó del brazo para hacerme inclinar y hablarme al oido. Siempre me decía sus cosas en secreto, con un susurro cariñoso que parecía infiltrar en mi espíritu el extracto más puro de la inocencia humana. Sus palabras fueron breves y revelaban cándido orgullo.

—Yo taje la corona de la tienda.

—Bueno, hombre, que te aproveche. Adios.

Antes de subir á casa quise felicitar á doña Javiera. La pobre señora estaba fuera de sí. También ella había ido al teatro, y presenciado desde el paraíso el grandioso triunfo de su querido hijo. Este le había llevado un palco; pero ella no quiso ocuparlo y lo cedió á unas amigas: temía que su amor materno la arrastrase á hacer demostraciones demasiado violentas, con lo que se pondría en ridículo. En el paraíso, acompañada tan sólo de la criada, había llorado á sus anchas, y cuando oyó los palmoteos y vió el loco entusiasmo del público, creyóse trasportada al Cielo. Á la conclusión, la buena señora había perdido el conocimiento, y por poco me la llevan á la casa de socorro. Abrazóme con ardiente alegría, diciéndome que yo, como maestro de aquel milagro de la Naturaleza, tenía la mejor parte en su victoria.

Por allí no decían más sino: «Este muchacho va á hacer la gran carrera... El mejor día me le ponen de diputado y de ministro. Vaya un hombrecito...» Figúrese usted, amigo Manso, si estaría yo hueca. Se me caía la baba y lloraba como una tonta. Me daban ganas de ponerme en pié y gritar desde la barandilla del paraíso: «Si es mi hijo, si le he parido y le he criado á mis pechos...» La suerte que me desmayé... En fin, yo estaba loca. El corazón se me había puesto en la garganta... Por cierto que le ví á usted en un palco alto con las señoras. Yo le miré muy mucho á ver si me columbraba, para hacer una seña diciendo; «aquí estamos todos.» Pero usted no miró... ¡Ah! y ahora que me acuerdo. También usted habló muy requetebién. Allí, al lado mío, había un señor muy descontentadizo que dijo tonterías de usted... Casi reñimos él y yo, y cuando le echaron la corona las del palco, grité: «á ese... bien, bien...» Si he de decirle la verdad, desde arriba no se oyó nada de lo que usted dijo, porque como habla usted tan bajito... Es el caso que como oía tan mal me iba quedando dormida. Desperté asustada cuando le echaban á usted la corona, y entonces dí unas palmotadas... Después vino el verso. ¡Y qué verso tan precioso! ¡Á mí me daba un gusto!... Esto de oir buenos versos es como si le hicieran á una cosquillas. Se ríe y se llora... no sé si me explico.

Y por aquí siguió charlando. Yo estaba fatigadísimo y deseaba retirarme. Era muy tarde y Manuel no venía. Deseaba yo verle aquella misma noche para felicitarle con toda la efusión de mi leal cariño; pero tardaba tanto, que me fuí á mi cuarto tercero y me recogí, ávido de silencio, de quietud, de descanso.


XXIX