¡Oh, negra tristeza!
Fúnebre y pesado velo, ¿quién te echó sobre mí? ¿Por qué os elevasteis lentos y pavorosos sobre mi alma, pensamientos de muerte, como vapores que suben de la superficie de un lago caldeado? Y vosotras, horas de la noche, ¿qué agravio recibísteis de mí para que me martirizárais una tras otra, implacables, pinchándome el cerebro con vuestro compás de agudos minutos? Y tú, sueño, ¿por qué me mirabas con dorados ojos de buho haciendo cosquillas en los míos, y sin querer apagar con tu bendito soplo la antorcha que ardía en mi mente? Pero á nadie debo increpar como á vosotros, argumentos ténues de un raciocinio quisquilloso y sofístico...
Tú, imaginación, fuiste la causa de todos mis tormentos en aquella noche aciaga. Tú, haciendo pajaritas con una idea y enredando toda la noche; tú, la mal criada, la mimosa, la intrusa, fuiste quien recalentó mi cerebro, quien puso mis nervios como las cuerdas del arpa que oí tocar en la velada. Y cuando yo creía tenerte sujeta para siempre, cortaste el grillete; y juntándote con el recelo, con el amor propio, otros pillos como tú, me manteásteis sin compasión, me lanzásteis al aire. Así amaneció mi triste espíritu rendido, contuso, ofreciendo todo lo que en él pudiera valer algo por un poco de sueño...
La verdad es que no tenían explicación racional mi desvelo y mis tristezas. Se equivoca el que atribuya aquella desazón á heridas del amor propio por el pasmoso éxito del discurso de Manuel Peña comparado con el mío que fué un éxito de benevolencia. Yo estaba, sí, muy arrepentido de haberme metido en veladas; pero no tenía celos de mi discípulo, á quien quería entrañablemente, ni había pensado nunca disputarle el premio en la oratoria brillante. La causa de mi hondísima pena era un presentimiento de desgracias que me dominaba sobreponiéndose á todas las energías que mi espíritu posee contra la superstición; era un cálculo basado en datos muy vagos, pero seductores, y con lógica admirable llegaba á la más desconsoladora afirmación. En vano demostraba yo que los datos eran falsos; la imaginación me presentaba al instante otros nuevos, marcados con el sello de la evidencia.—Al levantarme, me dije:
«Soy una especie de Leverrier de mi desdicha. Este célebre astrónomo descubrió al planeta Neptuno sin verle, sólo por la fuerza del cálculo, porque las desviaciones de la órbita de Urano le anunciaban la existencia de un cuerpo celeste hasta entonces no visto por humanos ojos, y él, con su labor matemática, llegó á determinar la situación de este lejano y misterioso viajero del espacio. Del mismo modo yo adivino que por mi cielo anda un cuerpo desconocido; no le he visto, ni nadie me ha dado noticias de él; pero como el cálculo me dice que existe, ahora voy á poner en práctica todas mis matemáticas para descubrirlo. Y lo descubriré; me lo profetiza la irregular trayectoria de Urano, el planeta querido, irregularidades que no pueden ser producidas sino por atracciones físicas. Esta pena profunda que siento consiste en que llega hasta mí la influencia de aquel cuerpo lejano y desconocido. Mi razón declara su existencia. Falta que mis sentidos lo comprueben, y lo probarán ó me tendré por loco.»
Esto dije, y me fuí á mi cátedra, donde varios alumnos me felicitaron. Yo estaba tan triste, que no expliqué aquel día. Hice preguntas, y no sé si me contestaron bien ó mal. Impaciente por ir á la casa de mi hermano, abandoné la clase antes de que el bedel anunciara la hora. Cuando satisfice mi deseo, la primera persona á quien ví fué Manuela, que me dijo con mucho misterio:
—Cosa nueva. Sabes que doña Cándida está encerrada con José María en el despacho. Negocios...
—Pobre José; de ésta va á San Bernardino.
—Cállate, niño. Si está más rica... Si ha vendido unas tierras...
—¡Tierras!... Será la que se le pegue á la suela de los zapatos. Lica, Lica, aquí hay algo... Voy á defender á José. Calígula es terrible; le habrá embestido con mil mentiras, y como es tan generoso...