—No, déjalos... Pero chitito; aquí viene la de García Grande.
Era ella, sí; entró en el gabinete como recelosa, acomodándose algo en el luengo bolsillo de su traje. ¡Ah! sin duda acariciaba su presa, el pingüe esquilmo de sus últimas depredaciones. ¡Cómo revelaba su mirar verdoso la feroz codicia calmada, la reciente satisfacción de un rapaz apetito...! Nos miró con postiza dulzura, sentóse majestuosa, y volviéndose á tocar el bolsillo, se dejó decir:
—Ya, ya negocié esas letras. ¡Es tan bueno José!... ¡Hola! ¿estás ahí, sosón? Me han dicho que anoche estuviste medianillo. Parece que se durmió el público en masa. Eso me han contado. El que parece que estuvo admirable fué ese Peñilla... ese que es hijo de la carnicera tu vecina... Vamos á otra cosa, Manolita; ¿sabe usted que tengo que darle un disgusto?
—¿Á mí? ¿Qué?—exclamó mi pobre cuñada asustadísima.
—Hija, creo que tendré que llevarme á Irene. Ya ve usted... Estoy tan sola y tan delicadita de salud... Luego mi posición ha variado tanto, que verdaderamente no está bien que Irene... me parece á mí... sea institutriz asalariada, teniendo una tía...
—Rica.
—Rica no; pero que tiene lo necesario para vivir cómodamente. ¿No cree usted lo mismo? ¿No cree usted que debo llevarla conmigo para que me acompañe, para que me cuide...?
—Claro...
—Es mi única familia; yo la he criado, ella será mi heredera... porque estoy tan mal, tan mal, Manuela, créalo usted...
Soltó una lágrima pequeñita, que se disolvió en una arruga y no se supo más de ella.