—Esto no quiere decir—prosiguió,—que yo me lleve á Irene de prisa y corriendo; sería una cosa atroz. Puede estar aquí algunos días, para que complete las lecciones... ó si quiere usted que se quede hasta que se le encuentre sucesora... Eso usted y ella lo decidirán. Está tan agradecida, que... ya, ya le costará algunas lágrimas salir de aquí. Adora á las niñas.

Manuela estaba algo desorientada.

—¿Y el ama?—preguntó mi cínife demostrando vivísimo interés.—¿Siguen los antojos y las...?

—¡Ah!—exclamó Manuela;—no me hable usted, doña Cándida... Insoportable, insoportable. Es un demonio.

Dejélas hablando del ama, y corrí á donde me impelía mi ardiente curiosidad. Estaba Irene dando la lección de Gramática, y la sorprendí diciendo con voz dulcísima: hubiérais, habríais y hubiéseis amado.

Mi ansiedad me quitaba el aliento, y apenas lo tuve para preguntarle:


XXX

«¿Con que se nos va usted?»

—Sí—me dijo en tono resuelto, mirándome de lleno, como si vaciara (así me parecía) todo el contenido luminoso de sus ojos sobre mí.