—De veras. ¿Y cuándo?

—Hoy mismo. Lo que ha de ser...

—¡Qué pícara!... ¿Pero tiene usted algún motivo de descontento en la casa?

—No diga usted tonterías. ¡Descontenta yo de la casa! Diga usted agradecidísima.

—Entonces...

—Pero es preciso, amigo Manso. No se ha de estar toda la vida así. Y si tengo que salir de la casa, ¿no vale más hacerlo de una vez? Cada día que pase ha de serme más penoso... Pues nada, hago un esfuerzo, tomo mi resolución...

—¡Es tremendo!...—exclamé hecho un tonto, y repitiendo su adjetivo favorito.

—Sí señor; me corto la coleta... de maestra,—replicó echándose á reir.

¿No revelaba su rostro una alegría loca? Ó así era, ó soy lo más torpe del mundo para leer tus signos, alma humana. Aquella alegría me desconcertó, porque habíamos llegado á un punto en que todo desconcertaba, y sólo le dije:

—¿Hay proyectos?...