—Sí señor, tengo mis proyectillos... ¡y qué buenos! ¿Pues qué? Creía usted que sólo los sabios tienen proyectos.
Las dos niñas, Isabel y Merceditas, nos miraban absortas, con sus abiertos libros en las manos y abandonadas éstas sobre las rodillas. Saboreaban quizás aquel descanso en la lección, y de seguro nos habrían agradecido mucho que nos estuviéramos charlando todo el día.
—No, no, no.—Yo celebro que usted tenga proyectos y que deje esta vida... Mucho hay que hablar sobre el particular... Pero siga usted la lección, que después...
—¿Hablaremos?... sí señor; yo también deseo hablar con usted; pero es tanto lo que hay que decir...
—Luego... aquí—dije, y en el momento que tal decía, me acordaba de la solemnidad con que los actores suelen pronunciar aquellas palabras en la escena.
De la manera más natural del mundo yo me volvía melodramático. Creo que me puse pálido y que me temblaba la voz.
—Aquí no...—indicó ella respondiendo á mi turbación con la suya, y mirando á los chicos y á la Gramática, como solicitada por la conciencia de sus deberes pedagógicos.
Y el aquí no salió de sus labios timbrado con un dulce tono de precaución amorosa. Era el sutil instinto de prudencia, que ya en la primera travesura femenina suele aparecer tan desarrollado como si el uso de muchos años lo cultivara.
—Es verdad, aquí no—repetí.
Yo no tenía iniciativa. Ella la tenía toda, y me dijo: