—En mi casa, en mi nueva casa. ¿Pero no ha de ir usted á visitarnos?

—Mañana mismo.

—Poquito á poco. Ya le avisaré á usted.

—¿Pero será pronto?

—Creo que sí. Por ningún caso vaya usted antes de que yo le avise.

Y me dió sus señas escritas con lapiz en un papelito. Sentí susurro de voces junto á la puerta, y los cuatro empezamos á conjugar con un fervor...

Lica entró de muy mal talante. Oimos la voz de José María que se alejaba, y comprendí que entre marido y mujer había chamusquina... Pero mi hermano se fué á almorzar fuera, suspendiendo así las hostilidades, y cuando almorzábamos Manuela y yo, ésta, muy alterada, me dijo:

—Ya se fué doña Cándida. ¡Qué cosa!... Nunca he visto en ella tanta prisa para marcharse. Estaba deshecha. Con decirte que no ha querido quedarse á almorzar... Esto no se comprende, el mundo se acaba. No sé qué tengo, Máximo. Doña Cándida me ha dado que pensar hoy. Tenía tanta prisa... Yo le preguntaba sobre su nueva casa, y me respondía mudando la conversación y hablando de otras cosas. Vaya, vaya, como no salga verdad lo que tú dices, y resulte que es una fantasiosa...

Yo me callé. No, no me callé; pero sólo dije:

—Pronto lo sabremos.