Y ella, taciturna, siguió almorzando entre suspiros, y yo, meditabundo, apenas probé bocado.
José María volvió más tarde. Las ocupaciones que tenía en su despacho parecían un pretexto para estar en la casa á cierta hora. Mostróse complaciente conmigo y con Manuela; mas el artificio de su forzada bondad, se descubría á la legua. Nos dijo que el tiempo estaba magnífico, y enseñándonos billetes de invitación para no sé qué fiesta de caridad que había en los Jardines del Retiro, nos animó á que fuéramos. Manuela no quiso ir ni yo tampoco.
—¿Y tú no vas?—preguntó á su marido.
—Ya ves. Tengo que hacer aquí.
Aparentemente tenía ocupaciones. En el recibimiento y en la sala había ración cumplida de pedigüeños de todas categorías; los unos empleados cesantes, los otros pretendientes puros. Desde que mi hermano empezó á figurar, las nubes de la empleomanía descargaban diariamente sobre la casa abundosa lluvia de postulantes. Oficiales de intervención, guardas de montes, empleados de consumos, innumerables tipos que habían sido, que eran ó querían ser algo venían sin cesar en solicitud de recomendación. Quién traía tarjeta de un amigo, quién carta, quién se presentaba á sí mismo. José María, cuyo egoismo sabía burlar toda clase de molestias siempre que no le impulsara á sobrellevarlas el amor propio, se quitaba de encima casi siempre, con mucho garbo, la enojosa nube de pretendientes, y salía dejándoles plantados en el recibimiento ó mandándoles volver. Pero aquel día mi benéfico hermano quiso dar indubitables pruebas de su interés por las clases desheredadas, y fué recibiendo uno por uno á los sitiadores dando á todos esperanzas y alentando su necesidad ó su ambición.
—Está bien: déme usted una nota... He dado la nota al ministro... Vea usted lo que me contesta el director: me pide nota... Pero si olvidó usted ayer darme la nota... Creo que nos equivocamos al redactar la nota: de ahí viene que la Dirección... Lo mejor es que mande usted otra nota... Ya he tomado nota, hombre, ya he tomado nota.
Y dando notas, y pidiendo notas, y ofreciéndolas y trasmitiéndolas se pasó el muy ladino toda la tarde.
Entre tanto, Irene recogía sus cosas. Más de dos horas estuvo encerrada en su cuarto. Sólo las niñas la acompañaban, ayudándola á empaquetar y hacer diversos líos. Poco después ví su baul mundo en el pasillo atado con cuerdas. Cuando se despidió de Manuela, las lágrimas humedecían su rostro, y su nariz y carrillos estaban rojos. Las dos niñas, medrosas de su propia pena, se habían refugiado en la clase, donde lloraban á moco y baba.
—¡Qué tontería!... les dijo Irene corriendo á darles el último beso.—Si vendré todos los días...
La despedida fué muy tierna; pero Manuela estaba algo atolondrada, y no se había dejado vencer de la emoción lacrimosa. Serena despidió á la que había sido institutriz de sus hijas, y la acompañó hasta la puerta.