En aquel momento José María salió de su despacho. Acabáronse todas las ocupaciones y las notas todas como por encanto.
—¿Pero ya se va usted?—dijo muy gozoso.—Yo también salgo. La llevaré á usted en mi coche.
—No señor, gracias, no, de ninguna manera—replicó Irene echando á correr escalera abajo.—Ruperto va conmigo.
José María bajó tras ella. Manuela y yo nos acercamos á los cristales del balcón del gabinete para ver...
En efecto, no pudiendo Irene evadir la galantería de mi hermano, entró en el coche, seguida de José; y al punto vimos partir á escape la berlina hacia la calle de San Mateo.
—¡Has visto, has visto...!—exclamó Lica clavando en mí sus ojos llenos de ira, y corriendo á echarse en una mecedora.
—¿Qué? No formes juicios temerarios... Todavía...
—¿Qué todavía?... Esto es horrible... ¡Qué fresco! La lleva en su coche... Por eso ha estado aquí toda la tarde... esperando... ¡Máximo, qué afrenta, Jesús, qué infamia!... Si no lo hubiera visto... No te chancees... ya... Estoy brava, soy una loba...
Meciéndose, expresaba con paroxismo de indolencia su dolor, como otras lo expresan con violentas sacudidas.
—Yo me muero, yo no puedo vivir así—exclamó rompiendo en llanto.—¿Máximo, qué te parece? en mi propia cara, delante de mí, estas finezas... Eso es no tener vergüenza, y la sinvergüencería no la perdono.