Tarsis.—¡Y vengo yo de ese caballero... por cruce de la línea de los Tarsis, nieto de Noé, con la de los Mudarras, dichoso injerto de las ramas de Cristo y Mahoma! Bien, bravísimo. Esto alivia, esto conforta. Completa sería la gloria de tal estirpe, si viniera con dinero. Porque yo, querido Augusto, he dado en pensar que nobleza sin dinero es latón abrillantado por la industria. Donde no hay oro, todo es desdoro. (Su entereza se aplaca; déjase vencer del pesimismo.) Me arrimo a la genealogía de mi abuelo materno, que tuvo el negocio de harinas, y con este polvo, como decía en las cartas comerciales, amasó la riqueza que yo estoy desmigando ahora. Atrás Gustios y Mudarras, fuera el nieto de Noé, y viva mi Suárez, por donde, según tú, debo llamarme Asur, Hijo del victorioso... hijo del molinero, que, amparado del arancel, alimentó a tres generaciones de cubanos, y acá se traía las cajas de azúcar, que venían resudando el dulce. Yo me acuerdo. ¡Qué olor tan rico en aquellos almacenes, aroma de almíbares, mezclado con fragancia de canela; que allí había también fardos venidos de Ceilán! Llévate todos los chirimbolos de la caballería de Mudarra, y tráeme mis almacenes de coloniales... ¡Ah! También había cacao. América inocente nos mandaba mil primores cambiados por las harinas de acá... Las memorias de aquella riqueza se avivan en mi olfato. Huelo, huelo... ¿No hueles tú? ¡Ay! los pergaminos de tus cronicones apestan a ranciedad putrefacta... Becerro, Becerro, apártate, hueles a ti mismo. Tráeme el árbol genealógico que tiene por hojas los billetes de Banco, o no vengas acá. No me traigas la roña de tus archivos, cementerios de la nobleza pobre... La pobreza es muerte, ¡oh gran Becerro, ilustrado y vacío Becerro, sabio durmiente entre ratones! (Abatidísimo se desploma en un sillón. Sobre los brazos de este caen con grave pesadumbre las manos del caballero. Entran súbitamente, sin anunciarse, dos personas: Ramirito Núñez y don Francisco La Diosa. La teatral aparición de este señor es para Tarsis como una descarga eléctrica. Salta de su asiento; coge de un brazo al hombre plácido, de risueño y episcopal semblante, y se le lleva al salón próximo para hablar con él a solas. Quedan en el gabinete Becerro y el joven Núñez.)

Ramirito.—Este señor que sonríe, aun diciendo cosas tristes, ¿no es ese que llaman La Diosa?

Becerro. (Con erudición lúgubre.)—Su verdadero nombre es Abraham Samuel Zacuto, higienista, médico y matemático famoso... No, no: me equivoco... ¡Qué cabeza! Es don Isaac de Abrevanel, arbitrista y tesorero de los Católicos Reyes... ahora redivivo con la misión providencial de empobrecer a los nobles ricos, como preparación del reinado de la igualdad humana.

Ramirito. (Alelado, sin entender lo que oye.)—Don Augusto... ¿habla usted dormido?... Despabílese y charlemos. ¿Estuvo usted en el estreno de anoche?

Becerro. (Sin mirarle.)—Yo no voy a estrenos. (Mirándole.) Ya conoce usted mi simplicismo teatral: me he plantado en Bartolomé Torres Naharro. Ni a tres tirones paso más acá. ¿Estrenos dice? Pues estos pantalones me pongo hoy por primera vez... Pero no son obra original, sino arreglo, hecho por mis hermanas, de los que casi nuevos me dio Carlos. (De improviso aparece Tarsis por la derecha con vivo paso y rostro alegre. El señor La Diosa no le acompaña. Salió, sin duda, por otra parte de la casa.)

Tarsis. (Disimulando mal su júbilo, guarda en un bolsillo del batín un fajo de billetes que traía en la mano.)—¿Qué decías, Becerro? ¿Qué dices, Ramirillo? ¿Hablaban mal de La Diosa?

Ramirito.—Yo, no.

Becerro.—Yo he murmurado, he rutado. Rutar es en el hombre imitar con voz blanda el rugido de las fieras. Yo sé rugir.

Ramirito.—Augusto me ha contado que estrena hoy unos pantalones arreglados del francés por sus hermanas.

Tarsis. (Cariñoso.)—Dispénsame, Augusto. No me acordé de preguntarte por tus hermanas. ¿Cómo están hoy?