Becerro.—Como siempre, mejor y peor. En días alternos, mueren y resucitan.
Tarsis. (Casi por movimiento propio y espontáneo, la mano se le va al bolsillo en que ha guardado los billetes. Saca un fajo de ellos; del fajo despega dos y los da al amigo con liberal sencillez, sin humillarle.)—Toma, hijo, y remédiate. Ya sabes que no duermo tranquilo cuando me acuesto sin poder remediar las necesidades de los amigos... No te vayas... ¿Qué prisa tienes? Acompaña un rato al pequeño don Ramiro, que voy a concluir de arreglarme. (Entra por el fondo el administrador don Asensio.) Y aquí tenéis al buen Bálsamo, que me alegra la vida... Charlen aquí un rato. El barbero me aguarda. (Vase por el fondo. Bálsamo cambia con los dos amigos de Tarsis palabras de fría salutación, y se apoltrona en una butaca, quedando pensativo, mientras los otros hablan de literatura y teatro.)
Bálsamo. (Acariciándose la barba, fruncido el ceño, habla para sí.)—Se ha entendido directamente con La Diosa, esquivando mi mediación y desoyendo mis consejos. Bien le dije anoche que su dignidad no le permite someterse a condiciones usurarias tan escandalosas. Estás perdido, Marqués de Mudarra, si no te salva la niña petiseca de Mestanza... Y mis noticias son que ese negocio no va por buen camino. Ojalá sea falso lo que me han dicho. No quiero verte en la miseria, Carlos de Tarsis. Con golpes como el que acaba de arrearte La Diosa, pronto darás en tierra. Y ese granuja con cara de jamona verde, para acabar de arreglarlo, no me dará comisión. Ya lo veremos, ya... ¡Pobre Tarsis, cuándo tendrás juicio!... Pues hoy te traigo unas noticias... No te las daré hasta mañana, para no amargarte el dulzor del dinero que has tomado. Mañana sabrás que los colonos de Zorita de los Canes abandonan también la tierra; que el de Tordehita y Tordelepe pide prórroga, y llora y blasfema y coge el cielo con las manos... En cuanto a la dehesa de Santa Cruz de Juarros, bien puedo decir ya que es mía... Y de ello debes alegrarte, que peor fuera que a otras manos pasara... Yo te daré en usufructo, por si quieres retirarte del mundo, aquel palacete fundado sobre las ruinas de un castillo en que vivió, según dicen, el viejo camastrón mujeriego Gonzalo Bustos o Gustios.
(Ramirito y Becerro, que habían trabado conversación, fumando cigarrillos, sobre temas de vaga actualidad, engarmaron en su coloquio al taciturno Bálsamo, que se limitó a dar una opinión seca sobre los delirios de la aviación y sobre los disparates del socialismo, que ambas cosas eran lo mismo: monomanía de andar por los aires. En esto salió Tarsis ya bien acicalado del rostro, listo de la parte inferior del cuerpo y encapillándose la camisa, cuyos botones aseguraba con una mano por dentro de la pechera y otra por fuera. Siguió vistiéndose asistido de su ayuda de cámara. Ávido de conversación, cogió la primera hebra que halló pendiente en el coloquio de sus amigos, y con fácil elocuencia familiar disertó sobre los puntos del socialismo y de la navegación aérea. Sin saber cómo y por un quiebro que dio Ramirito, fueron a parar a la cuestión de teatros, al estreno de la noche anterior, y a la literatura dramática.)
Tarsis.—No te canses, Ramiro. Habéis aplaudido anoche un drama caballeresco, con su musiquilla de rimas; habéis festejado a su autor, cuyo talento reconozco. Pero esa obra, representada en familia, en familia se extinguirá, y dentro de cuatro noches no irán a verla más que los de la hermandad del tifus. Esas farsas rimbombantes a nadie interesan; se aplauden por rutina; la prensa las jalea; los cómicos se desgañitan y el público se aburre. Te convencerás de que nuestros autores, así los que desentierran asuntos con casco y chafarote, como los que cultivan la vida corriente, vistiendo a los actores de levita o blusa, no aciertan, créelo. Toda nuestra literatura dramática es esencialmente latosa, toda convencional, encogida, sin medula pasional, cuando no es grosera y desquiciada. Compara este arte, siempre abortado, con la dramática francesa, rebosante de vida y pasión. Las compañías extranjeras nos enseñan la ruindad de nuestro arte, la cual se manifiesta en el éxito de las traducciones, hoy con los autores exquisitos que se llaman Donnay, Berstein, Mirbeau, Lavedan, Feydeau, como lo fue hace años con las obras de Scribe, primero, y luego de Sardou. Yo soy en esto muy radical, muy antipatriota, y lo digo sin ningún reparo, añadiendo, amigos míos, que el teatro clásico, con su Lope y su Tirso, me carga también, y siempre que voy a una función de esta clase, llevo la mala idea de descabezar un sueño en mi butaca. Una obra del teatro clásico se titula como debieran titularse todas: La vida es sueño. Digo y repito con pleno convencimiento que no tenemos teatro, como no tenemos agricultura, como no tenemos política ni hacienda. Todo esto es aquí puramente nominal, figurado, obra de monos de imitación, o de histriones que no saben su papel. Aquí no hay nada. Cuanto veis es bisutería procedente de saldos extranjeros.
Bálsamo. (Displicente.)—No estoy conforme.
Ramirito.—Ni yo. Niego que el teatro español sea como Tarsis lo pinta.
Bálsamo.—En lo del teatro no me meto. De eso entiendo poco. Pero salgo a defender la agricultura, y afirmo que existe. Pues si no existiera, ¿qué sería de España? Dirase que está bastante atrasada. La culpa es de los grandes propietarios que viven lejos de sus tierras, como afrentados de ellas. Cobran la renta como un tributo del suelo al cielo... no sé si me explico... como un tributo de los cuerpos a las almas. Los labradores deben convencerse de que las almas son ellos... No acierto a decirlo.
Becerro. (Haciendo visajes, como si le picara una mosca.)—Propietario de la tierra y cultivador de ella no deben ser términos distintos.
Bálsamo.—Tiene razón este chiflado... Yo no lo entiendo; pero mi sentido natural me dice que el fruto de la tierra debe ser para el que lo saca de los terrones.