Becerro.—Presentando las cosas de otro modo, yo te he dicho mil veces, querido Carlos, que no habrá floreciente agricultura mientras esta no sea una aristocracia.

Tarsis. (Burlón.)—Medrada estaría la agricultura si de ella hiciéramos una aristocracia más. ¿Pues por qué sostengo que tampoco hay aquí política? Porque la que tenemos se ha hecho aristocrática. Fijaos en el pisto que nos damos los diputados, en la vanidad de los ministros, que ocupan ancho espacio en la sociedad por el viento de que están inflados. ¿Hay aquí un político que tenga algo en la cabeza? Ninguno. ¿Pues qué diré del ex-ministro, que solo por el dichoso ex nos mira a los demás mortales por encima del hombro? Aristocracia es la política, y todo lo que tome formas aristocráticas no lleva en sí más que figuración y vanas apariencias. Nobles y políticos somos lo mismo, es decir, nada.

Ramirito.—Paradójico estáis... Carlos, es usted hombre de grande ingenio.

Tarsis.—No es ingenio, es convicción.

Becerro.—Más bien prurito de originalidad y donaire. El noble de ilustre abolengo bromea con las cosas altas.

Tarsis.—La agricultura, digo, no puede ser nunca aristocracia. Es y será siempre servidumbre. Ellos esclavos y nosotros señores, acabaremos lo mismo, por consunción, por gangrena de inutilidad... Voy más allá... Si aquí no hay agricultura, ni teatro, ni política, tampoco hay justicia, ni banca, ni industria.

Bálsamo.—Capitales hay.

Tarsis.—Sí; pero solo trabajan en la comodidad de la usura, que es una cacería de acecho como la de las arañas. La poca industria que hay es extranjera, y la española, en funciones mezquinas, busca beneficio pronto, fácil y, naturalmente, usurario.

Bálsamo.—¡Qué gracia! Esto ya es manía.

Tarsis.—¡Trabajar! ¿Para qué? Los chispazos, los resplandores de fuegos fatuos que vemos en literatura, en artes gráficas y en algún otro orden de la vida intelectual, no nos invitan a que trabajemos. Todo nos llama al descanso, a la pasividad, a dejar correr los días sin intentar cosa alguna que parezca lucha con la inercia hispánica. Si me pusieran en el dilema de trabajar o perecer, yo escogería la muerte. El español que en este final de raza posea una renta, debe sostenerla y aumentarla si puede. Vivir bien, mientras la vida dure, y mientras en la lámpara del bienestar no se consuma la última gota de aceite. No trato de presentarme como superior a los demás. Soy el peor, soy el último perezoso, el último sacerdote o monaguillo de la inercia. Mi único mérito está en la brutal sinceridad de mi pesimismo.