A pesar de la honrada convicción con que hablaba Gil, no parecía darle crédito el desdichado amigo. Por un momento permaneció este como alelado, abierta la boca, el mirar sin fijeza... Luego suspiró, diciendo con hueca voz:

—Déjeme usted de Madres. Para mí la única madre es la Historia, y esa huye con repugnancia de los hechos y personas del día.

—No es precisamente la Historia, sino la... no sé cómo decirlo... Es el alma de la raza, triunfadora del tiempo y de las calamidades públicas; la que al mismo tiempo es tradición inmutable y revolución continua... ¿Qué dice usted, Becerro?

—No digo nada... Sí: digo que las Madres pasaron, las Hermanas también... No hay Historia de lo presente. Lo presente no es más que espuma, fermentación, podredumbre. Lo mejor será que nos muramos todos prontito. Después el caos... un caos delicioso...

Acercose un guardia, y con la frase secamente cortés de haga el favor, indicó a Gil que no era permitido conversar con los presos. Retirose de la taberna el caballero en un estado de indecible turbación. En su alma se atropellaron en tremendo revoltijo el miedo y la esperanza, y al recorrer el patio, su exaltada imaginación desfiguró los semblantes y cuerpos de la pobretería que allí se congregaba. En unos vio cabezas de pájaros, en otros hocicos de extraños rumiantes o paquidermos. El vocerío le sonaba como la jerigonza monosilábica de los idiomas primitivos; las hogueras esparcían resplandores rojizos sobre figuras y objetos; los calderos hinchaban desmesuradamente sus vientres cubiertos de hollín; el freír de las sartenes semejaba risa y burla satánica, que afluía de bocas invisibles.

Aturdido fue y vino el caballero, sin dar con el rincón en que había dejado a sus amigos don Quiboro y Tiburcio. O los rincones se cambiaban por sí de un lado a otro, o los principios geométricos se declaraban en rebeldía suprimiendo los ángulos... Así lo pensaba Gil o lo veía... Y no fue suceso imaginario, sino real, la irrupción súbita en el patio de Pitarque de nuevo tropel de gente bulliciosa. Primero entró un destacamento de plebe mísera, gritona y desmandada; luego dos presos en cuerda, custodiados por pareja de la Guardia civil. En dicha cuerda venía una pobre vieja atraillada con un facineroso, Lobato por mal nombre, muy conocido en la comarca por audaz cuatrero y asaltador de caminantes, sin respetar haciendas ni vidas. La anciana, maniatada con el bandido, parecía reproducción de la que Gil llamaba Madre, solo que su mayor grado de ancianidad hacíala pasar por madre de la Madre. Encorvada y jadeante se dejó caer al suelo apenas entró, abatiendo consigo al ladrón Lobato. En sus facciones amarillas y rugosas, se traslucían los rasgos de su belleza como perlas caídas en el fondo de un charco; su mirar se apagaba en una letal resignación de heroína vencida; de su excelsitud y majestad solo quedaban rezagos en el gesto airoso. Dudando de lo que veía, acercose Gil a la postrada vieja y le dijo:

—¿Eres tú, Madre querida?

Y ella, mirándole cariñosa, le respondió:

—Yo soy, yo fui, porque en esta injuriosa degradación a que me han traído tus hermanos, más bien soy tu Abuela que tu Madre.

No pudo seguir el caballero junto a ella, porque uno de los civiles le apartó con rudo manotazo. Miró Gil al guardia, y reconociendo a Regino, fue acometido de rabia impulsiva y furor salvaje.