—Por mi fe, que no lo entiendo. Habla usted como un demente, o esa Madre que nombra no es nuestra doña María. Yo le aseguro, porque lo he visto, que la Señora que cenó con nosotros en Boñices anda hoy errante por caminos y atajos, como usted y como yo. Salí de Boñices huyendo del hambre y la muerte, y a media legua más acá encontreme con doña María, acompañada de dos labradores que me obsequiaron con mendrugos y una sardina de cuba que sacaron de sus morrales. La Señora, compungido el rostro y encorvadita de cuerpo por la carga de sus penas, me contó lo que ha días viene padeciendo por las ingratitudes de sus desatinados hijos, que a la cuenta son un sin fin de hijos, y por la porquería dominante en lo que ella denomina sus reinos o estados, que eso no lo entendí, ni sé lo que puede significar, así me maten... Un rato seguí con ellos charloteando de nuestras desdichas. Por lo tardo de mi andadura tuve que quedarme atrás. Ellos siguieron... Esto pasó ayer tarde, horas antes de llegar a Guijosa, donde usted y yo nos hemos conocido.

Tal confusión produjo en la mente del caballero lo que acababa de oír, que no sabía si creer al honrado vejete, o tenerle por donoso embustero. Por momentos llegó a pensar que era un genio maléfico de orden inferior, de estos que tienen poder para desfigurar someramente las cosas, y secundar con hechicerías a la menuda las obras transcendentes de los grandes encantadores. Pensó que invitándole a unas copas, podría obtener de él revelaciones interesantes, con su poquito de magia blanquinegra. Instintivamente echó mano al bolsillo del pantalón, donde creía tener una bellota, con la cual pudiera comprar el vino, y los dedos ¡oh caso estupendo! encontraron buen número de ellas, que el tacto apreció en la docena mal contada. «Ya no puedo dudarlo —se dijo—: mi Madre está cerca... tal vez aquí.»

Con loca impaciencia recorrió en un instante todo el patio, examinando los grupos de hombres y mujeres. Metiéndose después en la taberna, miró todas las caras. Dos ancianas vio, y ninguna era la suya. Compró un jarro pequeño de vino, con casco y todo; añadió salchichón y medio pan, y al salir y cruzar frente al portalón, vio que por este entraban tres hombres atados codo con codo, conducidos por una pareja de la Guardia civil. Tembló a la vista de los tricornios; pero no viendo en ninguno de los guardias cara conocida, recobró su tranquilidad. Y examinados al punto los tres presos, solo uno hirió con fulgurante rayo su atención. Era Becerro, el gran erudito, el evocador de la Historia, el prodigioso mágico y demiurgo, por quien las cosas pasadas vinieron a lo presente, y el hoy anticipó las visiones de un mañana remotísimo.

¡Oh, Pepe Augusto! ¿qué fatales vicisitudes te llevaron al estado de abyección en que te vio tu amigo en el corral de Pitarque? El caballero no daba crédito a sus ojos, y pensó que la presencia del sabio, atraillado con criminales por la Guardia civil, era un caso de mentirosa hechicería... Corrió a llevar a don Quiboro el jarro de vino, el pan y salchichón, y no se detuvo a recrearse con la sorpresa y alegría del pobre viejo, que se apresuró a reparar su organismo dando parte a Tiburcio de Santa Inés... Viendo Gil que los guardias penetraban en la taberna, llevando por delante la cuerda viviente, allá se fue, con idea de interrogar a Becerro y cerciorarse de la realidad de su persona. Los de la Benemérita tomaban un bocado y bebían, sin perder de vista a los presos, que en un banco se sentaron, obsequiados caritativamente por el fámulo que allí despachaba. Metiendo el cuerpo entre los curiosos, llegó Gil hasta su amigo, y tocándole en el hombro, así le dijo:

—¿Cómo usted aquí, señor Becerro, atado y entre guardias?

Mirole el sabio, receloso y desconfiado. No le conoció. Gil pudo observar la escualidez hipocrática del rostro de su amigo, que más parecía momia semi-viva que persona moribunda. De sus ojos manaban lágrimas rojas, y en sus mejillas, lívidas manchas e hinchazones revelaban la mano y cinceles duros de algún escultor de ecce-homos. La cabeza descubierta mostraba en desorden los cuatro pelos que le reservaba Naturaleza, y el vestido que mal cubría su esqueleto era todo andrajos y jirones recamados de lodo. Contestando al desconocido piadoso, así habló el ínclito Becerro:

—Sea usted quien fuere, señor, pues mi cabeza no está para el reconocimiento de personas, yo le agradezco su bondad, y a usted me confío para que me compadezca, si es que hay todavía compasión en el mundo. Dice usted que me conoció en Numancia. Allí estaba yo, en efecto, y de allí vengo. Aconteció que el paternal Gobierno, hostigado por las oposiciones, resolvió meterse en el sagrario de las economías... y naturalmente, yo fui la primera víctima del régimen de moralidad económica. Amaneció el día fatídico en que recibí el cartel de mi cesantía. Echáronme a la calle, dándome veintidós pesetas, que en aquel crítico momento había yo devengado, y como soy hombre que no gusta de pedir favores a nadie, me abstuve de solicitar mayor auxilio para mi retirada de los campos numantinos. Hice con mi ropa un apretado envoltorio, y me puse en camino, gozoso de recorrerlo a pie hasta Madrid, con lo que viajaba en libertad, y a mi antojo podía estudiar en la tierra castellana cuantas ruinas gloriosas me salieran al paso. La libertad es mi gozo, y ella me compensaba del trago amarguísimo de mi cesantía. Salí una mañana, y a las dos leguas plus minusve de mi salida de Garray, topé por mi desgracia con unos golfos, digamos más propiamente alumnos de Anacreonte, que en la puerta de un ventorro jugaban y reían con dos descocadas hetairas, de las que expulsó Escipión, mandándolas con viento fresco a correr por el mundo. Ello fue que me engatusaron aquellos perdidos, y ellas me poparon y me hicieron mil carantoñas con manos perfumadas de olor sabeo. Debí perder mi natural sentido, o adormecerme en vapores de alegría, porque cuando la infernal caterva se alejó de mí, noté que me habían quitado la ropa y las veintidós pesetas... menos dos reales que había gastado en comprar pan... Dejáronme limpio de numerario, sin más tesoro que el inagotable de mi resignación...

—Pero usted, amigo mío, ¿por qué se dejó zarandear de tal gentuza? —díjole el caballero—. ¿Eran acaso plebe celtíbera, o de la maleante familia de los pelendones?

—Para mí que eran túrdulos —replicó Becerro gravemente—, de estos que se corren hacia el Norte para corromper a los austeros arévacos. Fueran lo que fuesen, yo, con la buena compañía de mi resignación, seguí mi camino pensando cómo podría llegar a Madrid tan desguarnecido de pecunia... En esto, andados tres cuartos de legua, según mi cálculo, me picó el hambre con tal ahinco, que las piernas se me negaron a dar un paso más. Saqué de mi bolsillo el pan, único bastimento que la divertida chusma me dejó. Como el pan seco es alimento desabrido, y como en aquel punto me viera próximo a un campo ameno plantado de cebollas, pensé que no cometía delito entresacando de las mil y mil plantas una o dos que me conditaran el paso del pan desde la boca al estómago... Entré en el surco, y me acordé de que la tierra ha sido dada a la humanidad para su sustento... Cogí dos cebolletas, y disponíame a hincar en ellas el diente, cuando salió un hombre fiero, que me pareció gigante de tres altos, y la emprendió conmigo a coces y bofetadas, llamándome ladrón, hi... de no sé qué, y... Vamos, no quedó término infamante que no me dijera, después de quitarme las cebollas... Lo demás de este desventurado pasaje de mi vida, se lo contaré en dos palabras. Estando entre las garras de aquella bestia, llegó la pareja y me prendió y condujo a la cárcel de no sé qué pueblo. En tres o cuatro cárceles he pasado sucesivamente mis amargas noches, y por fin heme visto traído en esta conducta con los dos compañeros que atados conmigo vienen, y que han sido presos por cortar leña en montes que llaman del Estado. No sé a dónde me llevan. Al cuadrillero que me interrogó por primera vez he dicho que mi deseo es ir a Madrid, pues allí tengo amigos que serán fiadores de mi honradez... No sé tampoco dónde estoy, ni si esto que parece quintana o mercado romano, algo semejante al zoco de los árabes, es buena dirección para Madrid, o si lo es para el Congo. ¿En qué país estamos? ¿Esto es España, o es algo de otros mundos, de otros planetas, a donde de un puntapié nos ha mandado la mágica Astarté, diosa de los Infiernos?

—Tenga paciencia, mi don José Augusto —dijo el caballero, traspasado de dolor—, que en este laberinto de Pitarque podrá muy bien socorrernos a usted y a mí una divinidad del Cielo, ante quien bajan la cabeza los poderosos así como los humildes. Su poder es grande. Más de una vez la he tenido yo junto a mí sin gozar de su presencia. Ahora mismo me da en la cara el calor de su aliento, y no veo su excelsa persona... Esperemos un poco, y la Madre vendrá... Sus pasos no se sienten.