—Dios ayuda al cornudo y al testarudo... Comamos, hijo, y participe usted también, señor santero del Niño Jesús.
Y el caballero, mientras los tres comían pasando la cuchara de mano en mano, celebró así el hallazgo de las migas:
—Buenas son y sabrosas, aunque no tanto ni tan abundantes como las que catamos usted y yo en aquella casa de Boñices... ¿No se acuerda?
Quedó un rato suspenso el buen don Quiboro, y de su asombro resultó este vivo diálogo:
—Dijo usted que me había visto en Boñices; mas no mentó la cena de migas en casa de la Fabiana. ¿Era usted de los mozos que alborotaron con jarana y demagogia? Como apenas veo, no he podido retener su fisonomía.
—Yo no alboroté, don Quiboro. Fíjese bien en mi cara, y me reconocerá como el escudero de doña María.
—¿Por qué no me lo dijo antes?
—Porque no vino a pelo, ni yo quería envanecerme como servidor de tan alta Señora.
—Y ahora, según creo, ha dejado usted el servicio de doña María, como los demás hidalgos y campesinos que vivían a su lado. Mejor que yo sabrá usted que a la gran Señora no le ha valido su nobleza y santa condición. Los renegados gobernantes hanla echado del castillo de Clavijo porque, al decir de ellos, no le correspondía vivir allí.
—Dispense, don Quiboro, si me río de usted por su ignorancia en lo tocante a mi Señora. Doña María no vive en Clavijo, y tiene por vivienda la redondez de la tierra española. Y como todo es suyo, los mandones no pueden echarla de ninguna parte si no es de sus propias almas, que a eso tiran ellos. Daránle mil pesadumbres y le amargarán la vida; pero no pueden decirle: «Madre, ahí te quedas», o «Madre, pasa de largo.»