»Disparado este cañonazo, me volví a mi pueblo, Rebollosa de Jadraque, y aguardé... naturalmente sentado... y en muchos días no supe nada. Preguntábanme los amigos, y yo les respondía como los escribanos: no sé nada, y no sabiendo nada estuve no sé cuánto tiempo. Así se trata en España al buen ciudadano, después de zarandearle para que vote, para que pague, para que grite: ¡viva el Rey, viva la Constitución!, a quien debemos llamar la Pepa, por lo que ella vale, y ¡viva la Libertad!, que también es buena castaña pilonga... Después de muy larga espera, un día veo entrar en mi casa al secretario del Juzgado municipal. Me brincó el corazón... Ya estaba yo viendo las quinientas pesetas pasando de sus manos a las mías. ¡Jesús! tan me lo creí, que pensé convidarle a unas copas... Y como le vi meter mano al bolsillo, echeme a reír de gozo, y... Nada, que si apuesto a tonto, no hay quien me gane... Pues lo que sacó del bolsillo aquel perro fue un papel de uno de los escribanos del Juzgado grande, en que le decía que hiciera el favor... ¡para favores estábamos!... que hiciera el favor de decirme que a la mayor brevedad... ¡a prisita que llueve!... me presentase a pagar veintinueve pesetas más sobre el importe de la tasación de costas pedida por mí... y que si no iba pronto... ¡ni que fuéramos a sofocar un fuego!... que si no iba pronto, me embargarían otra vez... Y aquí se acabó mi cuento. Colorín colorao... Y se acabó, porque la pillería de los Gaitones y Escopetes me despojó de mi propiedad, ayudada de la Justicia, que aquí es la máscara que se ponen los malos para que el latrocinio parezca ley. Así los lobos se disfrazan de pastores, y los cepos y trampas están hechos con trazas legales para que fácilmente caigamos, y en ellos dejemos hacienda y vida. ¡Ay, señores, de la pena que tengo, ya ni llorar sé!

Oyó este triste lamentar don Alquiborontifosio con grave actitud de meditación, cerrando los ojos, y pasado un ratito dejó caer de sus labios esta opinión estoica:

—Si sobre las propiedades perdidas, señor mío, tuvo usted que poner veintinueve pesetas de añadidura para que le dejaran en paz, es usted fiel intérprete de la doctrina de Jesucristo, que dijo: Al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también la capa. (San Mateo.)

—¿Eso dijo Nuestro Señor Jesucristo? —replicó Tiburcio pasmado y confuso—. Pues ahora me entero. Vea usted cómo es uno santo sin saberlo.

—Santos sin saberlo somos muchos acá —dijo don Quiboro con amargura que le salía del alma—, y entre ellos me cuento, sin alabarme. Santos somos por la resignación, y porque no hacemos daño a nuestros enemigos.

—No soy yo de esos tan puros —dijo Santa Inés—. Acúsome, señor, del pecado de ira. Una piedra tiré al Gaitón que me despojó de lo mío; mas como no le acerté en la cabeza, poco mal le hice. Ayer, recobrada mi libertad, me acogí al sagrado de los Padres Recoletos, que tienen su casa entre Sigüenza y Baides. Recibiéronme con cariño; me ofrecieron hablar al señor Gaitón, y conseguir de él que me perdone la pedrada, con lo que basta para echar tierra al proceso. Los buenos Padres me protegerán para que tenga yo un modo de vivir. Haranme santero de un Niño Jesús muy milagroso que han traído de Roma. Vea usted cómo: ponen el Niño en una linda urna, vestidito de raso con lantejuelas. La urna es también cepillo; por encima tiene una hendidura para meter los cuartos; por de dentro una cajita escondida entre florecicas de trapo. Yo voy por los pueblos con mi Niño Dios y las personas buenas o atribuladas que desean algo se lo piden con devoción, y echan luego el memorial, que es perra grande o chica, cuando no peseta, metiéndolas por la raja de arriba... Bueno: pues de la limosna, los Padres me dan tercia o cuarta parte, según sea la recaudación, y siempre que yo vaya al convento a rendir cuentas, comeré con los legos en la cocina... y ha de saber usted que se dan buen trato.

—¡Oh, feliz mortal! —exclamó don Alquiborontifosio, mostrando en risa franca sus desdentadas encías—. ¡Qué bien te viene el sabio dicho popular: Al cornudo, Dios le ayuda!

En esto, Gil, que alejádose había del grupo, atraído de una visión y esperanza de condumio, volvió alegre con un platón de migas y cuchara, y mostrándolo al maestro le dijo:

—Ya nos ha favorecido la Providencia. Esto debemos a las buenas almas de aquellos volatineros que conocí en el camino de Matalebreras.

Gozoso y agradecido cogió don Quiboro el plato con una mano, y con la otra lo bendijo, echando sobre las calientes migas estas palabras sacerdotales: