En los sacos de paja se sentó Tiburcio, a quien mejor que a nadie cuadraba el mote de Pobrecito hablador, y con fácil vena dio principio a su cuento, que no es fábula muerta, sino historia viva:
—Una huertecilla heredé de mi padre, y un prado muy bueno, y con ambos predios lindaba otra huerta de mayor cabida, perteneciente a Zacarías Escopete, consuegro de don Crisanto Gaitón... Hace un año dio Zacarías en la tecla de que yo le había de dar paso por mi huerta al carro que le llevaba el abono para la suya... Me resistí; no había memoria de tal servidumbre. Los amigos me aconsejaban que cediera, pues de no hacerlo, el vecino me causaría mayor perjuicio, por ser yo pobre y él un ricacho que hace de la justicia lo que le viene en gana... En mal hora me resistí, parapetándome en mi derecho. El parapeto de nada me sirvió, y el maldito Escopete me puso la demanda... Todos los vecinos se prestaron a declarar que en ningún tiempo habían visto que mi huerta fuera paso de servidumbre para la del otro... De nada me valió el testimonio de medio pueblo, y el juez municipal nombrado, como toda autoridad, por el Gaitón, a quien parta un rayo, sentenció condenándome a dar paso al carro y pagar las costas.
—¡Vaya por Dios! —exclamó don Quiboro—. Con apelar usted al juez de primera instancia, que forzosamente había de revocar sentencia tan absurda, estaba usted salvado.
—¡Que si quieres! Eso es lo justo; pero váyale usted con justicias a los hombres malos que sin más ley que su egoísmo oprimen al pobre.
—Tiene usted razón. Por eso ha dicho la sabiduría popular: No vive el leal más que lo que quiere el traidor. Siga.
—El juez de primera instancia, que es también hechura del Gaitón, fue y ¿qué hizo? Pues confirmar la sentencia y condenarme también en costas... Encontreme, como el otro que dice, con la soga al cuello. Del Juzgado me avisaron que fuese a pagar las costas, que eran doscientas treinta y tantas pesetas... ¡Ay, Dios mío, qué apuros! En la casa del labrador pobre suele haber frutos para ir comiendo; pero tal cantidad de pesetas no las hay sino en contados días... Dejé pasar el tiempo en espera de la fiesta del pueblo... buena ocasión para vender unos novillos... Cuando más descuidado estaba yo, el juez municipal recibe un oficio del otro juez más alto, ordenándole que me embargara las fincas por valor de quinientas pesetas, y el hombre no anduvo perezoso para la diligencia. Vino a mi casa y me embargó el huerto, y por si no era bastante, el prado... Nada, que por caridad no me embargó los zapatos y la camisa... ¿Qué hice? Pues salir a buscar quien me prestara dinero para levantar el embargo... ¡Qué dinero ni qué niño muerto, si el poco que hay lo tienen los ayudantes del verdugo, es decir, los criados del cacique! Viendo este desamparo, me dije yo: «Esperaré a la feria del Corpus, donde podré vender con estimación mis dos novillos»... ¡Que si quieres! No se me arregló el negocio, y esos villanos sacaron mis propiedades a subasta. Acudieron licitadores, echados a socapa por el consuegro del Gaitón, y pujando, pujando, elevaron el valor de mi huerto y prado a mil cincuenta pesetas, más del doble de lo que el Juzgado había pedido. Nunca mandan embargar de menos, sino de más, con idea de que sobre lo que se ha de comer la curia. Pero el juez municipal consultó al de primera instancia si desde luego debía entregar al embargado la demasía... A todo esto, yo, algo consolado, decía entre mí: «Si has perdido dos finquitas, te queda dinero para vivir a gusto una temporada...»
—Inocente era usted, amigo. Como si lo viera, el juez grande ordenó al chico que le mandara todo el dinero, inspirándose en aquel aforismo que dice: Cobra y no pagues, que somos mortales.
—Así fue... Venga el dinero, y luego, si algo sobra, se devolverá. Esto dijo el juez grande.
—Pero usted reclamaría...
—¡Oh, sí! reclamar es el oficio del español. Reclamé, y más me valdrá no haberlo hecho. Pasa tiempo. Viendo que nada me devolvían, fui y dije al secretario del juez municipal si algo sabía de mi asunto. Respondiome que no, y que me avistara con el escribano del Juzgado... Yo, tan tonto, me fui a Sigüenza... ¡pero qué tonto! El escribano me dijo que viera al otro escribano, que este acaso tendría el dinero sobrante... Vi al otro, y me dijo que no sabía nada... Volví al primer escribano... nada sabía tampoco... Y con toda mi paciencia me fui a ver al señor juez, el cual no recordaba el caso. Insistí. Díjome al fin que reclamara en forma. Corrí en busca de un abogado, el cual puso un escrito con muchas retóricas y perfiles, pidiendo que se hiciera tasación de costas, y pagadas estas con el importe de los bienes vendidos, ¡atiza! se me devolviera, ¡vuelve por otra! el remanente, etcétera...