—Sí, sí —dijo don Quiboro con desentonos de chochez infantil—. Iremos allá. ¿No piensa lo mismo el amigo? Si hay lumbre, un rincón para dormir, y alegría del pueblo, ¿qué más podemos desear?
Arreando a prisa, llegaron los cuatro cristianos vagabundos, ya de noche, al caseretón llamado Pitarque, donde ocurrieron sorprendentes sucesos y casos de risa y llanto, que conocerá el que tenga paciencia para seguir leyendo.
XXII
Refiérense, con el vía-crucis del caballero, las escenas de pobretería en el corral de Pitarque.
Cuando Gil, don Quiboro y la pareja de mendigos entraron en el corralón, de traza y vestigios de claustro, ya había en este gente pobre. En uno de los grupos reconoció Gil a los volatineros que había encontrado en el camino de Matalebreras; mas por el pronto no quiso darse a conocer. Formaban ruedo junto a su carro, en actitud de preparar la cena. Luego se hizo cargo del local paseando en redondo, y vio desde fuera la taberna, lonja y demás aposentos. Al volver junto a don Quiboro, recogiéronse, por indicación de este, en el ángulo más próximo a la puerta, donde unos sacos de paja les brindaban cómodo asiento. Liándose en su manta, el maestro dijo a su incógnito amigo:
—Aquí estamos como en atalaya. Por causa de mi corta vista no veo más que el resplandor de las hogueras que algunos encienden ya para guisar. Sirvan los buenos ojos de usted para descubrir ollas o sartenes, y ver si hay entre tanta gente un alma buena que nos convide.
—Sí habrá, señor don Quiboro —replicó el caballero—, y en último caso, nos convidaremos nosotros.
Antes que terminara la frase, fue tocado en el hombro por un sujeto, en quien al punto reconoció a su compañero de la cárcel de Sigüenza, Tiburcio de Santa Inés, el cual, soltando el chorro de su locuacidad, contó que se había escapado de la prisión por un patio interno, al cual pasó aprovechando descuidos del alcaide, y favorecido por un empleado del Ayuntamiento, amigo suyo. No creyó Gil prudente explicarle el cómo, dónde y cuándo de su recobrada libertad. A la pregunta de don Quiboro, «¿quién es este señor?» respondió Tiburcio:
—Yo soy una víctima de la justicia; a mí me han despojado de mis bienes los infames Gaitones, plaga de esta tierra, valiéndose de leyes retorcidas y aplicadas al mal... Antes de contarles mi caso, si quieren oírlo, dígame, señor anciano, si es usted de la curia, pues tal me ha parecido por sus gruñidos, sus guedejas y el metal apagado de la voz. Si es de la justicia, abrenuncio y me voy al lado de enfrente.
—Cálmese, buen hombre —dijo con hueca voz don Alquiborontifosio—. Yo no soy de la justicia; soy de más abajo; pertenezco a la última fermentación de la podredumbre del Reino... Ya ve usted por mi pelaje cómo acaban los que, enseñando a la infancia, allanamos el suelo para cimentar y construir la paz, la ilustración y la justicia... Siéntese a nuestro lado y cuéntenos lo que quiera, sin dejar de echar una miradita a las ollas y calderos, que a mi parecer ya están puestos a la lumbre. Si esto es ilusión, no me la quiten los hombres de buena vista.